domingo, 23 de julio de 2017

[2] La herramienta

'Anónimo, luchador,
nunca tendrán, las armas la razón,
pero cuando se aprende, a llorar por algo,
también se aprende, a defenderlo'
Barricada


El camino de vuelta transcurrió en calma. Tal como había supuesto Glazezón, la guardia civil hizo acto de presencia con dos vehículos cargados que subían a toda prisa hacia las colinas de Puertollano. Yo los divisaba desde el frente en todo su recorrido. Pude verlos entrar por el carril de la Presa del Agujero y como serpenteaban a toda velocidad sus curvas por el camino real de la torre. Uno de los furgones paró a la altura de la Garganta del Lobo y el otro siguió levantando polvo en su precipitada marcha hacia arriba. Ahora veía el tablero desde las alturas del otro lado del cauce y veía la gran jugada de Glazezón. Mientras los arrastraba tras él por el arroyo del Pintado hacia Málaga, yo salía fuera del alcance de la batida, que iba desde Arroyo Barranco donde habían detenido a Clavajar y Menorte hasta donde lograsen alcanzarle a él. Todo en la otra ladera. Cada vez tenía más clara la lucidez de este hombre. Por otro lado, exhausto por la precipitada ascensión, pensaba preocupado que tantas fuerzas no se mueven en balde. 

Repasando todo lo que me había contado, me resonaba el término herramienta de tal forma, que pensaba que se me olvidaría todo lo demás. Intenté dividir mentalmente la información, la relativa a lo sucedido, los vaivenes organizativos del sindicato, la unificación de la guerrilla, la quebrada esperanza en una intervención internacional tras la victoria aliada y por último, la nueva situación con los enlaces detenidos y el misterioso contenido del bulto que llevaba a mis espaldas. La comida había perdido mi interés. Ahora me excitaba saber si lo que llevaba a cuestas era un arma. Estuve varias veces tentado de abrirlo.


También me sobrevino una y otra vez la cálida acogida de Glazezón. Los abrazos y besos con los que me recibió me resultaron excesivos para no habernos tratado. Me habló de mi abuelo como si él lo conociese muy bien. Me sentí muy reconfortado por su actitud y sus palabras de aprecio. Junto al enorme deseo de descubrir el contenido del paquete me retumbaban las advertencias: Mira, este bulto tiene que llegar intacto allá donde estáis, tal y como yo te lo entrego. Hazlo por tu abuelo...

Tomé la última referencia de lo que ocurría en la ladera de Puertollano antes de meterme al abrigo de los pinares para seguir hacia el Cerro de Mallén por el arroyo de las Moratas y Jotrón. Habían comenzado la batida. Unos desde arriba, y otros desde abajo. No conseguía localizar a ninguno de los arrieros, pero dí por hecho que las sueltas iban a ser localizadas. Seguí presuroso mi camino. El sol estaba en su plenitud y la sombra del pinar me supuso un descanso sin parar mi marcha. Ahora andaba imaginando la herramienta rondando por el interior del paquete, compartiendo espacios con la comida y las medicinas. La supuse envuelta en un paño para no dañar los envases de penicilina. El bulto iba bien compactado.

El camino no se me hizo difícil hasta la llegada a Jotrón. Allí el paso a Pocopán y Chaperas estaba muy transitado. Tuve que esperar a que pasasen las gentes que andaban en sus faenas diarias para que no me viesen. Allí sentado, con el bulto a mis pies, y tentado de abrirlo como nunca antes me había tentado nada, observé la buena preparación del paquete, listo para ser soltado en cualquier imprevisto sin que se abra. Una buena tela en tonos verdes y pardos, ensogada a una cuerda de grosor mediano que es la que compacta el paquete y que puede usarse para su transporte en bandolera. Las telas van cerradas en nudos independientes para las sueltas, siendo la tela exterior la que cierra el paquete con un nudo característico del tamaño de una palma para llevarlo cómodamente sobre los hombros alternando las dos manos. Ahora me preguntaba, ¿quién dedicaba todo su esmero en hacer estos paquetes? Estaba asombrado por el nivel de perfeccionamiento. Cuanta carga perdida por el camino para saber cómo hacer un paquete que llegue a nuestras manos ante todos los avatares posibles y que llegue con esta firmeza. Poco a poco, sin querer, renunciaba a la idea de abrir el bulto.

Cuando alcancé la bifurcación hacia Cerro Mallén ya era media tarde. Hacia el norte se divisaba ya la Majada del Rayo, donde se localizaba la cortijada. A medio camino del cerro se encontraba el Peñón del Fraile, una roca saliente con muy buenas vistas de las dos laderas de Mallén, la de Colmenar y el Tajo de Hornillos, y la cara contraria a Casabermeja y el cauce del Guadalmedina. Además estaba a escasas tres horas de carga de la Torre por el arroyo de Hornillos, uno de nuestros puntos de supervisión. A buen ritmo, podía estar en el primer punto convenido al anochecer. Y continué la marcha deseando llegar, con la serenidad que proporciona haber cumplido el objetivo.

Llegué con el ocaso del sol, por el lado del chaparral, al abrigo de las miradas. Ululé varias veces mientras me acercaba tranquilo. Nuestro mayor peligro eran los encuentros. Ululé hasta que una piedra cayó cerca de mí, indicándome el sitio donde debía esperar con la carga. Se oyeron hasta cinco ululos más, salpicados por minutos en posiciones circundantes, advirtiendo que cada puesto estaba en calma. Poco a poco fueron llegando los cinco, Pedro Jimenez García 'el Peluso', Salvador Fernandez Campoy 'el Practicante', Antonio Cano Ortiz, mi padre del que no desvelaré por el momento el nombre y Luis Frias Ramos 'el Orejas'. Todos me saludaron efusivamente menos mi padre, que miraba con autoridad el bulto que yacía en el suelo. Antonio Cano se agachó a cogerlo y tras mirar los nudos dijo: está intacto, mientras sopesaba su contenido. Ahora mi padre se me acercó y me dijo: Dame un abrazo, y nos fundimos en un abrazo de orgullo. Yo conté atropelladamente todo, como llegué, lo que ocurrió, como salí, lo que me contó Glazezón. Mi padre miró al Peluso que, con una mirada atravesada le dio la espalda recriminándole algo, mientras se ponía a andar a la voz de en marcha. Salimos de allí al abrigo de las sombras, y cuando miré a mi padre a la cara, vi las sombras en sus ojos.

Como si de un ritual se tratara, el Practicante cortó la cuerda por un sitio concreto para tener el mayor largo de cuerda posible y repartió los bultos entre todos para que fuesen abriéndolos. Recogió la tela bien doblada, puso a buen recaudo las escasas medicinas, y antes de repartir las hogazas de pan con chacina le pasó un cilindro de cartón a mi padre. A mí me dio ración doble, y me dijo pocos son los que aguantan sin abrir el bulto. Yo miraba los bultos en busca del arma, extrañado por su ausencia. Cuando me acercaban la bota de vino, mi padre se opuso a que bebiésemos diciendo vamos a llenar el buche que ya habrá tiempo de celebrar cuando acabemos de hablar. Se sentó a mi lado, apoyando las espaldas sobre las paredes de la cueva y cortando un tajo de tocino me dijo come tranquilo que ahora nos contarás con mucha calma toda la historia otra vez. Luego iremos preguntando cada uno lo que nos interese para que precises más la información. No se trata de contar una historia que nos alabe, se trata de interpretar lo que ha pasado y en que nos influye. Miró de nuevo al Peluso para hacer más consensuada su decisión, que ahora se apoyaba en el Orejas para hacer más sólido el rechazo.

Cuando acabé de contarlo todo, rememorando todo lo que había pasado cronológicamente, se produjo un murmullo de dudas, haciéndose corrillos con los episodios más polémicos. Mi padre puso en medio de la reunión el cilindro de cartón que daba evidencias de ser papel para distraer el protagonismo negativo dado a Glazezón en el corrillo. Comentó que la mejor forma de concentrarse es ir por partes. Aclararemos primero qué es la herramienta, y luego vemos lo sucedido en el encuentro. Miró uno por uno a todos los hombres que iban asintiendo en sus turnos. Nadie objeto nada, pero el Peluso mantuvo una mirada de amenaza latente.

El interior del cilindro estaba relleno por unas cuartillas clasificadas. Lo que más nos llamó la atención fue el tampón del Comité Nacional de la CNT lo que provocó mucha más expectación en el grupo. Se trataba de asuntos orgánicos. Ese simple tampón tintado ofrecía más esperanzas de las que hasta ahora habíamos tenido, pues nos batíamos en una franja de terreno más o menos extensa, sin conexión exterior, sin apoyo de la organización y con rumores que nunca se podían confirmar. Estábamos aislados en el monte, resistiendo solo para subsistir. Las esperanzas se iban agotando con las noticias que llegaban. Hambre, muertes, presidios, exilio, delaciones. Continuábamos, por la inercia que deja la dignidad en las personas que no quieren perderla. Nada más.


Son instrucciones de claves del Comité Nacional encuadernadas en cartulina y pinzados de plomo. El documento no está datado y contiene instrucciones generales para su uso, breve orientación del sistema de claves, listado de claves organizados en 6 secciones: Ambiente General, Ambiente Propio, Defensa, Guerrilleros, Organización y Varios. En tinta roja como tiene que leerse, en tinta violeta como tiene que escribirse. Mi padre no daba crédito, parecía un intento de reorganización de los comités clandestinos. Enseguida entró a funcionar en modo orgánico, como si una parte de él hubiese vivido para eso. Pasó el documento al Peluso mientras cogía una carta abierta de un tal Rey (el nombre no era muy legible) sin destinatario y sin fecha. Trataba de experiencias carcelarias y de orgánica. Sobre un pleno al que Málaga no acude y se pide explicaciones. Leyó en voz alta mirando al grupo: Pregunta por Ardila. Y se hizo un silencio. Parece ser una carta entregada en mano mediante intermediario, ya que en el reverso del sobre se lee la inscripción: 'El compañero portador de la presente es de absoluta confianza, conocido además de R. y de S.'. Dentro del sobre dos papelillos de fumar con lo que parecían lugares de apoyo y contraseñas.
Uno dice: 'Venía a ver si tenía harina' Dolores Martín. Luciano Martinez, 3  Málaga
Y el otro: 'Quiero pagar lo pedido a cuenta' Ultramarinos Faustino. Calle Mármoles, 14 Málaga

El corrillo del Peluso y el Orejas, acogía ya al Practicante también, que abrazaba la teoría del delator como la salida más segura a sus intenciones. El Peluso arremetía contra el Glazezón con una inusitada violencia verbal, y lo presentaba como el culpable de la caída de Clavajar y Menorte, para quitarlos de en medio. Aludía que no se le conocía afiliación política y era de sobras conocido en las romerías de la virgen del carmen, además de otras cosas de curas. Habló de su familia como privilegiados y aunque no se les conociese adhesión al régimen tampoco se les adivinaba repulsión. En definitiva, lo presentaba como un don nadie, ignorante y beatón.

El Peluso hablaba sin parar, con un tono agresivo: Como se va a presentar de buenas a primeras a hacer de enlace cuando nadie lo ha acreditado. Preguntarle a Ardila y a los demás de los Grupos de Guerrilleros de Resistencia como les sienta lo de Menorte. Lo quitan del medio junto a Clavajar, otro de los nuestros, y nos arrejuntan a un pelele de un terreno vecino para que empiece a desmantelar al grupo. De repente, y sin saber más, el Glazezón nos trae un jeroglífico orgánico, unas promesas y direcciones de contacto, y venga... a empezar la pesca. ¿De dónde ha sacado el Glazezón esos documentos? ¿Porqué traía él la herramienta? Es que no os dais cuenta... que es una estratagema de la Comandancia. Nos ponen un anzuelo orgánico y allí van los lucios confederales a morir. Además, exigen al menos dos pescados para el próximo encuentro... para que el día de pesca les sea fructífero.

La situación era tensa, y la teoría de la delación parecía tomar fuerza en nuestra imaginación. Presentada así, podía parecer creíble. Intervine diciendo: El Glazezón dijo que Clavajar llevaba las cartas y yo la herramienta. También habló de la buena idea de Menorte de dividir la carga ante imprevistos. Parece que las cartas contienen información codificada que tendríamos que conocer antes de entrar en otros debates.

Ya veo que a tí te ha encandilado, decía con sorna el Orejas mientras me presentaba gestualmente como a un tonto enamorado. Lo viste en el río como su madre lo trajo al mundo y ahora sueñas con sus 'atributos'...y reía a carcajadas buscando el apoyo del Peluso. Antes de que mi padre pudiese decir algo, me adelanté dos pasos enfrentándome a ellos y dije muy seguro de mi mismo: Yo me refería a la grandeza de sus atributos humanos... y una sonora carcajada retumbó en la cueva arrastrando a todos a una risa hilarante. A todos menos al Cano que pensaba abstraído y a mi padre, que aguantaba el tipo con dificultad, con el entrecejo fruncido sin dejar de mirar con ira al Peluso.

El Glazezón es un invertido, que incita a jóvenes y no tan jóvenes con su descomunal aparato para que lo sodomicen. Ya ha protagonizado varios escándalos en las maragatas y las ferias, justo cuando el vino hace correr la pasión, dijo el Peluso mientras miraba a mi padre para que asintiera. Yo observé como mi padre no asintió, pero tampoco lo desdijo.

Me sentí tan dolido en mi cándida adolescencia que repliqué temerariamente: yo soy el enlace, yo soy el único que dispongo de la contraseña, y el encuentro se va a producir la próxima luna nueva. A mi me ha parecido un hombre formal, decente y me ha ofrecido una valiosa ayuda. Iré bajo mi cuenta y riesgo. No miré a mi padre en busca de una aceptación que no me iba a dar, sino desafiante, reivindicando mi madurez y mis primeros criterios. Mientras salía a tomar el aire al exterior, ya era consciente de que esa salida temperamental era inviable pues ponía en serio peligro al grupo. Fue entonces cuando me giré y dije en voz seca: La clave está en Clavajar. Y en lo que haya pasado con las cartas. Y me acerqué a un claro desde donde se podían observar las estrellas para que me ayudarán a aclarar mis percepciones.

A Clavajar Plotoril 




lunes, 10 de julio de 2017

[1] Sal del camino, Arriero de Trigo, Arriero de Leche y Arriero del Vino

'¿Cómo no has preferido a mis lamentos
los muslos sudorosos
de un San Cristóbal campesino, lentos
en el amor y hermosos?'

'Madrigal de Verano' Federico García Lorca


Soñaba con ser bandolero para una causa perdida, romántico de senderos y polvos, al asalto de las mercancías de los arrieros de caminos. Yo esperaba verlos aparecer tumbado a la sombra de los algarrobos, chupando ramillas de hinojo que iba arrancando de aquí y de allí. Esperaba holgazán ver aparecer sus siluetas rechonchas por la colina más meridional. El ritmo pausado del campo acompañaba a las bestias y a los hombres. Su tránsito era relajado, la carga iba completa. Tres mulas y tres hombres que marchaban a contraluz, con el alba despuntando en un nuevo día.




Bajaban de los terrenos montañosos del Guadalmedina a la ciudad a vender sus excedencias y a subirse en el cambalache otros objetos necesarios. Iban precavidos de las últimas noticias de asaltos y robos por los caminos y por ello, bajaban en pequeños grupos. Los guardias habían avisado de que cualquier cosa extraña fuese comunicada a la comandancia. Las gentes iban armadas con garrotes y algún que otro enaltecido llevaba un revólver inservible, que por lo general causaba más males a quién lo empuñaba que a los forasteros. El sentido del pánico se había extendido por estas aldeas y diseminados. Las bolsas siempre iban a buen recaudo, donde las vergüenzas se expresan con más rubor.

Uno de los arrieros hizo la señal de alto con el brazo y la marcha se detuvo como si se tratase del mismísimo ejercito. Desde mi punto de vista no veía el otro lado de la garganta del lobo, la torrentera más accesible para bajar, aunque llena de recodos y vegetación que la hacía muy peligrosa. Me levanté levemente para examinar esta ladera, y no observé más movimiento que un guarro excavando con el hocico en la parte baja. Efectivamente, el grupo se replegó hacia la ladera para evitar ser vistos y oídos.

Ahora, mi magnifica posición se había convertido en un flanco débil. La situación de este algarrobo solitario en la ladera enfrentada al camino lo hace invisible al clarear el día pues a contraluz, su oscura sombra te envuelve. Allí yace uno esperando a que alcancen ese punto cercano a la ermita de los Berdiales donde se empieza a bajar hacia la garganta del lobo. La leyenda de varias ovejas desmembradas y sanguinolentas alimentó el rumor de que los lobos habían vuelto. Desde entonces, las muchachas han dejado este camino por el cómodo carril de la finca de los agrios señoritos Delimón. Si los arrieros no bajaban por la torrentera, yo no podía salir de mi posición, y no sólo eso, sino que avanzarán al abrigo de la ladera frente a mí, hacia la ermita.

El arriero más bajito, gordito y atocinado, se movía con unos andares exagerados, moviendo brazos y pies de forma peculiarmente familiar. Él era quién más tenía que perder, pues bajaba con la bolsa llena de pequeños encargos de mujeres de edad avanzada y mejor posición, generalmente picardías, finas medias de colores o bragas con encajes que compraba en el estraperlo. Él disfrutaba de la complicidad que aportaban esos encargos y sabiendo de su fogosidad, algo más que un agradecimiento sacaba pues mientras la clienta se probaba la prenda, él -de forma golosa- iba tomando medidas. Pero el dinero ajeno, había quitado de la cabeza de Clajavar toda insinuación erótica y había tomado el control del grupo. Se dirigía hacía donde había nacido, un terreno mucho más expuesto y agreste, pero conocido por él. Un terreno que le inspiraba seguridad, las laderas de Puertollano.

Los otros dos no consiguieron conjugar ni una sola palabra. Menorte con su figura 'sanchopanzada' salió a toda prisa tras él sujetándose los pantalones, que siempre andaban vencidos por esa descomunal barriga de bebedor. Ya se había enjuagado la boca varias veces durante el trayecto y sus mofletes presentaban un lúcido colorete. Aún así, era avispado y aunque no conocía bien estos terrenos por ser de las lejanas tierras del Torcal, presentaba una encomiable forma física para deambular campo a través. Tiraba de su mula haciendo señas al tercero con el brazo para que les siguiese.

Allá parado junto a una chumbera se había detenido el Glazezón. Bien entrado en carnes, presentaba un cuerpo corpulento, cabeza gorda y manos de campo. De carácter afable y tranquilo, Glazezón meditaba mucho las cosas antes de hacerlas. La gente lo veía un tanto paradete, pero cuando había que tirar hacia delante, lo hacía como un buey en una yunta. Por algún motivo, no estaba convencido del paso dado por sus compañeros y necesitaba pensar antes de decidirse a dar el suyo. Miró varias veces al cielo, y a sus costados. Miró las laderas próximas al escape de los otros dos, y no sin dudar, con aspavientos, dió un tirón a la mula y siguió hacia abajo por la garganta del lobo, el trayecto que venían siguiendo.

La separación no estaba en mis planes, ahora las mercancías se reducían y yo tenía que elegir a quién seguir. Sin perder de vista a ninguno de los dos grupos, entendí el porqué de la maniobra. Ahora veía perfectamente una patrulla de siete guardias civiles que desde la ermita se parapetaban en los árboles mientras avanzaban escondidos tras los arrieros. Estos, llegados al último recodo, se desprendieron de parte de la carga tirándola a los barrancos más ocultos. Cayeron tres bultos que afortunadamente no se abrieron. Los guardias que iban tras ellos no habían podido ver lo que tiraron, pero otros cuatro guardias que salían en emboscada desde posiciones inferiores hacía donde se encontraban, podían encontrarlos en su camino.

La decisión de continuar con los planes fue fácil de tomar. Lo difícil era bajar en paralelo la garganta del lobo para interceptar al grandote en un recodo próximo al río. A él no lo veía hace un rato, desde que comenzó a bajar hacia la garganta y de ninguna manera podía saber si había más guardias, pero la necesidad me hizo ser valiente y continuar con la operación. Aquí nunca hubo lobos, pero estos caminos oscuros y difíciles ahorran muchos kilómetros y son necesarios para contrabandistas, furtivos, cuatreros, prófugos de la justicia, y con unas cuantas tripas sangrientas de piezas de caza se forma fácil una leyenda o al menos se elimina el tránsito. Los únicos lobos conocidos en estas latitudes eran los guardias, que también cazaban en manada.

Bajé arrastrándome por la pendiente entre esparragueras, cardos y retamas sin perder de vista a la patrulla. Ahora podía ver como les daban el alto a Menorte y Clajavar, que levantaban las manos conforme se les iban acercando. Desde la distancia solo pude ver como les registraban la carga, y como aparentemente daban explicaciones del rumbo que llevaban hacia la Venta Valiente. Yo conseguí llegar a un saliente que me ofrecía otra cara de la ladera por la que podía ocultarme de miradas indiscretas y seguí bajando ahora más rápido en busca del tercero.

El grandote había llegado al río y parecía ausente, pues decidió darse un baño. Se quitó hasta los calzones blancos y se metió en el agua como el que se baña para acudir a un acontecimiento. Decidí interceptarlo allí. Sin paños menores la sorpresa iba a ser mayor. Cuando llegué a la ribera, me escondí tras los matorrales y avancé cuanto pude hasta llegar próximo a la orilla. Glazezón, con esos aires despistados había elegido una inmejorable posición para que yo avanzara sin ser visto. Él en cambio, veía privilegiadamente lo que ocurría allá arriba en el camino. La patrulla se llevaba encadenados a los dos arrieros mientras lo veían tranquilamente bañándose en el río.

Desde mi escondite vegetal, dije en voz grave: Sal del camino, arriero de trigo, arriero de leche y arriero del vino. Y el grandote se giró lentamente, sin taparse sus vergüenzas, dirigiéndose hacia la mula. Sin buscarme, fue andando pausadamente, como si hubiese acabado su aseo diario y fuese a secarse con un paño. Cuando alcanzó la protección de las plantas de ribera saltó con habilidad de gineta hacia la pared de rocas, y recogió un bulto mediano y una bota de vino de piel vuelta como las que llevan los pastores en sus trashumancias y volvió hacia mí por donde había ido, con los bultos a la espalda, sin perder de vista las alturas. Alcanzó los matojos donde me encontraba mientras sus ojos grandes y tiernos encontraban mi mirada hundida. 

Con la vista fijada en lo alto y con una voz grave y entrecortada dijo: Se los llevan, pronto vendrán a por mí... Tienes que irte. Y me hizo una señal con la cabeza para que me escorase a un lado. Allí me abrazó con todo su cuerpo como si toda una aldea me ofreciese su agradecimiento y con ojos lacrimosos cogió mis escuálidos mofletes diciéndome que teníamos que comer más. Luego, tras ofrecerme un chusco de pan negro y un pedazo de chacina, y como si toda la vida hubiese sabido lo que tenía que hacer en cada momento, se vistió sin ningún pudor ante mí mientras yo seguía sus movimientos sin parar de escuchar la situación política del sindicato, las continuas reorganizaciones,  la desvanecida euforia tras la segunda guerra mundial que podía suponer una intervención internacional, el intento de unificación de las partidas guerrilleras y la consabida represión de familiares y militantes con ese nuevo delito de enlace con la guerrilla. Contaba todo atropelladamente, tal como yo me había comido la grasienta ternura del tocino, pero mirándome en todo momento a los ojos para obligarme a digerir lo que me estaba contando. Glazezón un hombre tranquilo, trabajador y apolítico, metido en su mundo rural, sabía por lo que había vivido a su alrededor que debía obviar todos los acontecimientos familiares de los integrantes de la partida de Los Berdiales que pudiesen desestabilizar al grupo. 

Sin darme tiempo a preguntar ni siquiera por los míos me dijo: los vuestros están todos bien, y cogiéndome del brazo me llevó al resguardo de las rocas, me abrazó fuertemente, me sacudió el polvo de las vestimentas, me echó los flequillos a un lado, me miró de arriba a abajo y me dio dos besos, orgulloso de algo que se me escapaba. Luego nos abrazamos fuertemente, dándonos manotazos en nuestras espaldas, agradecidos ambos por la complicidad que ofrecía ser enlaces. A partir de ahora los encuentros serán en Mallén, al otro lado del rio, más arriba de la roca del fraile, pero más abajo de la cortijada. Hasta allí tienes que subir por el río, desde aquí o más abajo, nunca más arriba, y sujetándome de los hombros me dijo: Tú y yo nos comunicaremos con este soniquete, 'la roca del fraile solo se anima cuando le invitas al baile'. Y repitió un gesto obsceno subiendo y bajando su gorda mano para que no se me olvidase el dicho, lo que provocó una alegre carcajada mutua. Luego siguió: Os puedo llevar yodo, penicilina, chacinas, tabaco, pan de higo, almendras, queso y vino que es lo que llevais en el paquete. Y añadió en un tono más sereno, mientras se aguantaba de un brazo sobre mi hombro: Mira, este bulto tiene que llegar intacto allá donde estáis tal y como yo te lo entrego. Hazlo por tu abuelo. Él es un hombre integro, de palabra, un hombre digno. Dile a la partida que fue de Menorte la acertada idea de repartir en partes iguales la carga por si había algún problema y que por eso hay de todo muy poco. A él y a Clajavar, se los han llevado los guardias. Las cartas las llevaba Clajavar pero la herramienta la llevas en el paquete. Yo recogeré lo que quede de la suelta y me enteraré que ha pasado con las cartas.

Yo no sabía que decir, la idea del tocino entre mis dientes se me insinuaba una y otra vez, y la seguridad con la que se desenvolvía Glazezón me hacía parecer un secundario, como si el hombre de acción realmente fuese él. Ahora me contaba apresurado que el próximo encuentro sería con la luna nueva en el Cerro Mallén. Que iba a haber carga y se necesitaban al menos dos hombres fuertes. Ahora, me dijo: te subes a mis espaldas, te cruzo el rio sin que te mojes para no levantar sospechas luego, y te vas dirección a Mallén para familiarizarte con el camino. La tropa vendrá por la carretera y nunca pensará que ibas a cruzar el rio para abandonar la sierra. Y con un cuidaros mucho todos, me abrazó con tal fuerza que me sacudió la flaqueza. Me miraba con esa ternura con la que él lo hace, sin perderme de vista hasta que desaparecí ribera arriba muy seguro por las indicaciones que me había ofrecido con su experiencia.

Era quinto de mi abuelo, y no fue capaz de decirme con palabras que su gran amigo había muerto tuberculoso el pasado sábado, enfermo por conseguir más medicinas, medio de hambre por enviarnos su comida, medio de pena por tener a su hijo y nieto en la sierra. A partir de ese momento y sin tener que expresarlo, se comprometió a ser nuestro enlace. En varios momentos le remarqué su parecido con mi abuelo, un hombre de manos grandes y corazón tierno como él, a lo que él siempre añadía: ...pero metido en política... y componía una simpática mueca labial que le movía la ceja, en clara alusión a su adscripción faísta. 

Aún así, pese a su bondad y su reconocida neutralidad política, yo le recuerdo marchando valiente a su destino, a sabiendas de que la patrulla de los guardias le darían alcance ya que él no les huía, y con la seguridad de que los argumentos higiénicos de un jornalero soltero antes de bajar a la ciudad son la mejor de las coartadas para ayudar a los amigos.

Yo sonreía sus ocurrencias, asombrado aún, por el tamaño de sus atributos.


A Glazezno Moncabe 'Glazezón'

domingo, 2 de julio de 2017

Miguelin el Casero

'El único derecho inherente al preso
es la fuga'


Andaba por las Fiestas del vino en Haro y le dió por bajarse con la camiseta manchada del tintorro de La Rioja a tierras de La Linea de La Concepción, allí a la Atunara a ver al abuelo Magdaleno y del tirón tirar para los Pirineos con una pequeña muestra de los hashises para abastecimiento del FLF en tierras montañosas.


Lo que pasó es que una pareja de picoletos andaluces como los de la foto, lo interceptaron en un coche alquilado rojo con matricula de Madrid rumbo a Barcelona, junto a un legionario majara que acababa de recoger en Ronda y al otro facha de las galletas que venía pedo de vino igual que él. En la mochila no había libros catecumenales como declaró a los picolos, sino tomos y tomos encelofanados de hash. Acabó con sus huesos en los calabozos de Baza. Lo demás viene en el archivo de instituciones penitenciarias.

ABAJO LOS MUROS DE LAS PRISIONES
ESPETXEAK APURTU

miércoles, 28 de junio de 2017

La Pelusilla Morente se va a Cuenca

'La vida te dé salud y gozo,
y casa con corral y pozo'


Sale de su casa rezumando fragancias frescas, y como empapado en esencias florales luce su mejor pijama para la ocasión. Una fulgurante pieza de terciopelo rosa que se enfunda desde la cabeza a modo de capucha cornuda y que de una pieza cubre el cuerpo de una manera ajustada y ligera hasta la cola punzante.

Luce el uniforme de bicornio rosado para celebrar el día de la dignidad queer. Todo el mundo le mira asombrado como de esa manera elegante contornea sus curvas camino a la estación de ferrocarriles. Antes, dedica unas miradas a los muertos del cementerio, como recordándoles, mientras prosigue su rítmico caminar hacia el futuro cercano, el más incierto de todos los futuros.

En el único bolsillo que esconde a modo de canguro el pijama, guarda sus reliquias. Una octavilla política, un sobre con algo en su interior y una foto de un muchacho de cara aniñada y sonrisa de adolescente. La octavilla dice así:

'Aquí estoy en mi plasticidad social, en plasticidad con mi naturaleza sexual, humana y compleja, en la que el sexo no se entiende en términos morales, sino en términos de erotismo y aprendizaje.

La identidad sexual está mitificada, yo no soy ni hetero, ni homo, ni bi, ni trans. Esa es una identidad ficticia y limitante, pues las personas son mucho más diversas que las categorías y otras filias. En todo caso, lo que debe calificarse son los actos, fantasías o deseos puntuales, y no las personas que desean, fantasean o participan.

Yo sigo siendo raro porque no entiendo la diversidad sexual sin su componente político y es por ello, que no quiero participar en ese lobby TGBL clasista, que desde una posición elitista y consumista está obviando todo significado político. Siguen enmarcados en ese voluptuoso discurso heteronormativo por oposición y patriarcal por definición.

Firmado por L. Pelusilla Queer'

Luego hizo 1000 fotocopias de las que obtenía 2000 octavillas y tras dejar una en la copisteria donde le sonreían por la apariencia de demonio afable y depositar otra en el sobre, junto a una postal y la foto del muchacho, compro un sello de franqueo y salió rumbo a Cuenca a repartir las octavillas. 

Durante todo el camino hacia la estación e incluso durante el trayecto del ferrocarril estuvo auxiliando a la gente en sus esfuerzos por entender algo tan evidente pero que choca tanto en la cultura judeocristiana. Que el sexo no se entiende exclusivamente para procrear, y que las filias sexuales no son conductas o comportamientos desviados como aún sostienen muchas disciplinas de la mente y la conducta como la psiquiatría y la psicología, sino que de mutuo acuerdo y entendimiento las personas pueden explorar en su imaginación nuevas formas de placer, al igual que hacen en sus vidas cotidianas cuando inventan nuevas formas de convivencia o alternativas a la pareja sexual.

Cuando encontró un buzón de Correos de ese horrible color amarillo hizo un ademán de repugnancia por el evidente color nacional, y estiró el brazo hasta introducir aquel sobre en el camino a su destino. Luego respiró hondo como si se hubiese quitado un bello peso de encima y siguió contorneando su culo que rebosaba erotismo con ese color rosa aterciopelado, con una sonrisa en la cara y un pensamiento en su cabeza, conquistar al rudo campesinado conquense en busca de cualquier fantasia recurrente. 






martes, 6 de junio de 2017

Cementerio de Ciriego, Santander


La llegada al embarcadero fue un acontecimiento. A bordo de una barcaza con motor diésel llegamos a nuestro destino fúnebre. Las agujas del reloj proseguían su rítmico caminar cuando la proa se alineó a las dársenas.

Solo unas decenas de horas habían pasado desde aquel cruce de caminos. Ahora sospecho que nuestros pasos se cruzaron por otros motivos diferentes al itinerario. Un suspiro de cuatro días es coger mucho aire. El vino, los pintxos y un paseo por la ciudad quemada fueron suficiente para entroncar los pasos hacia la última morada de los hombres. Todo un mensaje ritual. Cada cual por sus motivos.


Juntos, como dos desconocidos cogidos de la mano frente al Monumento a la Libertad, monolito honorifico a hombres y mujeres que murieron en la conquista de la Libertad y por la Revolución Social. Allí donde el silencio grita, nosotros callamos. En mi mente la preocupación por los parientes de CNT-FAI que habían fusilado allí y que no estaban en las listas. Mientras, ella se relamía mirándome.

Contábamos nuestra despedida en fragmentos de espacio. El paseo nocturno por el Parque de La Marga resultó la despedida más racional. Luego me marché, aunque la que levó anclas fue ella.


A Nazareth, la marinera que me mostró el romanticismo de las Casas del Mar




domingo, 28 de mayo de 2017

Al hombre de las huellas de roble


'Y llegó un pensamiento,
una pompa de pelusilla volante,
y al reconocernos, viró a nuestro encuentro,
y haciendo cabriolas pasó de mi mano a la de Paco,
y se regocijó en volteretas para saludar también a mis hermanos,
subiendo y bajando a su antojo, sobrevolando nuestras miradas,
y al rozar nuestros dedos ascendía para hacer más escénica la señal.
Tras una pausa, subió hasta volatilizarse, desapareciendo de pronto de nuestras vidas'




Sin embargo yo no hacía más que bajar. No podría decir cómo, pero a trompicones con una velocidad atropellada, bajaba y bajaba entre arroyuelos de piedras rodadas idénticas a las que tirabas al mar para que saltaran saludando como sapos voladores. A cada rato un golpe en los salientes de las rocas me recordaban que el descenso no era agradable. Como en una torrentera cinética, cada vez tenía la sensación más real de que iba escarbando la tierra como una tuneladora entra por donde no hay entrada hasta salir por el otro lado.

Cada vez menos luz, cada vez más estrecheces y más golpes, a cada cual con más furia. No tenía tiempo de mirar a mi alrededor porque no había nada, ni encima ni debajo. Me adentraba por el interior de una lombriz semitransparente opacada hacia abajo, cada vez a más velocidad sobre mis pasos. A trompicones. Ahora era el sonido quien se oscurecía haciéndolo cada vez más lejano, hasta que apareció aquel recuerdo.


'El viento embistió el ventanuco,
abriéndolo bruscamente,
al tiempo que la hermana gritaba:
Entra !!!'

Y entré en aquel espacio reducido, circular y oscuro como cae un yunque desde una ventana hasta estrellarse contra el suelo. Por la humedad se diría que era un pozo. En la semioscuridad que me brindaba mi visión, seguí el único rayo de luz que bajaba de arriba, pudiendo reconocer una salida por una angosta chimenea circular empedrada con piedras rodadas como las que tirabas al mar para que saltaran saludando como sapos voladores.



El tamaño de aquel resquicio de luz era tan diminuto, que supuse que se encontraba muy lejos, demasiado arriba para subir por allí. Y entonces me dedique a reconocer aquella especie de celda de aislamiento de un escaso metro de diámetro empedrada hasta un suelo, que parecía ser de tierra. Cuando hinqué los dedos en ella pude comprobar la frescura de los arroyos en los matices olorosos que desprendía. Sentí la tierra mojada. El olor de tus macetas.

En cuclillas, con las manos apretando la tierra tras mis piernas, sentí la claustrofobia del espacio angosto. No podía moverme y mi posición era muy poco dichosa. Saltaban las señales de alarma y la tensión empezaba a subir y el corazón a latir imponiendo su ritmo a cualquier otro sonido. Me concentré para no caer en la histeria. No había otro sonido. Ahora me parecía estar en un ataúd vertical, agachado en él sin poder levantarme, con las manos puestas sobre el lumbar como cuando te esposa la policía. Empecé a reír con la idea de que aún podía ser peor, si tras de mí hubiese un fuerza de seguridad orgulloso de apretarlas hasta hacer daño. Pero no, mis latidos me decían que podía estar enterrado vivo. Solo y vivo. Respiré hondo y pensé en algo agradable. No estaba esposado.

'Ahora veo la fortaleza del lobo solitario en tu vida,
tu bolsa negra de pequeños viajes en el suelo,
vacía y sola, arrinconada.'

Me acordé de las pequeñas lombrices que salvabas de caer en un anzuelo metiéndolas en tus macetas. Recuerdo que antes de depositarlas, las mirabas en un primer plano como se revolvían entre tus dedos de gigante. Lejos de martirizarlas les decías que ellas habían nacido para hacer galerías, que por las galerías se accede a las cavidades oxigenadas y que en ellas cuando hay vida siempre hay raíces. Tus plantas brillaban salud.



Semiadormilado por la falta de oxigeno no empecé a discernir lo que parecía el sonido de un objeto cayendo por un pozo, chocándose con las paredes en su caída, con un toc, toc, toc cada vez más cercano, descompasado, hasta que su cercanía me decía que podía ser algo grande, con un eco asonante que le seguía a mayor velocidad. En esas fracciones de segundo, antes de mirar hacia arriba, que era el único movimiento que podía hacer, pasó por mi mente que en una de las pocas cosas que coincidíamos, era en que a mí también me gustaban las galerías. La luz había desaparecido y pensé que me estaban dando sepultura, echándome la tierra encima. Tierra que me parecía muy poco leve en aquella situación.

Con los nervios del pasar de los segundos y el sonido que se acerca, decidí protegerme la cabeza con mis manos y brazos que salieron lastimados de la brusca operación de ponerlos sobre la cabeza. Tenía el codo derecho desollado y el izquierdo sangrante pero mejor. Varios rasguños sanguinolentos me recorrían los brazos y el hombro me avisaba de un dolor muy poco subjetivo. Todo sucedió en diez fracciones de segundo, mi aullido de dolor, los golpes que eran inminentes, la sangre manchada con tierra, un rojo y negro muy pictórico para lo que me cayó encima.
'Mikel Gurea Zaizu Euskalerria'

No me hizo daño, fue más bien un golpe acolchado sobre la palma de mi mano que protegía mi cabeza, en jarras sobre ella. Lo que palpé me hizo llorar de pena, de angustia y me erizó todos los pelos de mi cuerpo en un recorrido completo hasta sentir la raíz y sus puntas. Raíces, galerías, lombrices, cadenas, lloraba y lloraba sin parar. Creía tener en mi mano una de las medallas de Done Mikael Aingerua que le regalé a Pepe y a Paco tras un peregrinaje genealógico a Aralar. Cerré la mano con fuerza.




Mi posición era idéntica a la del Señor de las Milicias Celestiales, con las manos sobre la cabeza. En aquellos momentos no me hubiese importado llevar sobre ellas una cruz si hubiese podido estar vagando por la Sierra de Aralar en busca del dragón.

Esa medalla la lanzó mi amigo Pepe al pozo que se encuentra en el fondo de la cámara del Dólmen de Menga, sepulcro megalítico de galería cubierta único entre otras cosas por ese pozo. Las lágrimas caían más despacio, como si ya hubiese llorado bastante. Yo estaba allí cuando la lanzó en señal de unión eterna y ahora estoy aquí recibiéndola, como si estuviese muerto en el otro lado. Las manchas de sangre dejadas por mis heridas son como los grabados antropomorfos de la cueva en forma de cruz y estrellas. Lloro de nuevo. Derrotado. Estoy en comunicación contigo pero no sé que quieres decirme.

La cueva orientada a La Peña de Los Enamorados, la Fuente de Los Amorcillos, los angelitos desnudos, los pececillos. Está lloviznando, como un zirimiri andaluz, y eso me anima a pensar que hay salida por arriba.

'Ya le he dado uso a tu bolsa para que se sienta viva,
pero no es el mismo traqueteo de idas y venidas,
cargada de comida y regalos, verdadero continuo en tu vida.'

El agradable frescor del agua cayendo me despierta y mirando hacia arriba veo como si hubiese una regadera encima, venga a regar y regar, con las gotas de agua cayendo frenetizadas por la gravedad. Me veo como si estuviese en una maceta y me acuerdo de las raíces, las galerías y las lombrices. Me siento como una semilla tierna a punto de germinar, con las manos hincadas ya en la tierra mojada. A un ritmo de compás voy escarbando una primera capa de terruño pedregoso, que da paso a un sustrato vegetal muy rico en nutrientes, negruzco y muy ligero para retirarlo. Me decidí a excavar una galería que me sacara de allí, como hace una tuneladora cuando entra por donde no hay entrada hasta salir por el otro lado.



Enseguida estoy semienterrado en mi propio destino como un topo dispuesto a avanzar en busca de alguna raíz que le proporcione una subida a la superficie o de alguna cavidad oxigenada para descansar y alimentarse cuando empiezo a notar que se va la luz, no de golpe, sino como danza el ocaso del sol hasta esconderse, de manera alineada. La oscuridad premoniza un devenir noctámbulo, y en los caminos de la noche todos los ruidos son tenebrosos. Cuando miré hacia arriba, me pareció que estaban tapando el pozo, pues la luz se desdibujaba nitidamente de izquierda a derecha y de abajo a arriba, no como hace 'el sol que nos alumbra' cuando se esconde, sino como un filtro que va tapando lentamente la luz del fotógrafo. La oscuridad de la tierra es diferente a la oscuridad celestial.

La frustración me hace golpear la tierra y zapateándola con rabia provoco que ceda el suelo. Con el susto que causa en el equilibrio no mantenerse firme donde sostenerse, voy cayendo por el vacío hasta chapotear en unas aguas subterráneas. Agua helada con aromas minerales. Trago agua sin sed en mi tránsito por el freático y ahora oigo los ruidos del líquido en su erosión vibrante. Percibo las moléculas batiéndose en reacción como cuando una naranja se extruja para sacar su elixir licuado. Ahora floto velozmente a expensas del discurrir del venero verdadero, el que esconde mis verdades de mí mismo, el que me encamina a mi propio destino.

'Él mismo, por sí mismo unicamente,
eternamente uno, y solo'
Platón

Me encuentro a mi mismo flotando circularmente en un calmado estanque subterráneo. El giro que me provoca la inercia del agua va siempre hacia la derecha porque a mi izquierda está la llegada del cauce en cascada hasta aquí. Ahora los sonidos del agua son sugerentes, melodiosos, y descubro entre estos placeres que encuentro, que el agujero sigue allí arriba con su luz moviéndose pausadamente, como hace un reloj cuando no quiere que pasen las horas. Ahora mirando hacia arriba, imagino ese agujero como el orificio de evacuación de la maceta con aquel sustrato vegetal tan familiar y como la escorrentía del sobrante del agua me había transportado a donde va el agua. Hacia abajo.



El frio empieza a dominar mi cuerpo y escudriñando la mirada descubro que es un lago interior, dentro de la caverna. Me aproximo a la orilla con un nado de pato perdido pues el agua es negra y los fondos resbaladizos. Subo como puedo a una estalagmita para divisar lo que hay más allá de toda esta selva de piedra vertical. Miles de soportes, columnas, atrios, salientes y galerias se abren ante mi mirada, y el orificio desde la altura que de nuevo aparece iluminado por la luz. Recuerdo ahora aquel eclipse lunar total que disfrutamos desnudos en el Monte Coronado. Acontecimientos naturales que siguen inspirando nuestra atracción, que siguen inundando de magia nuestras vidas. Con positividad respiré hondo decidido a avanzar, atrás quedaban las macetas y los estanques, hacia delante las posibilidades. Mi primera impresión fue avanzar hacia la elevación más cercana a la luz, pero cuanto más me acercaba yo, más se alejaba ella por lo que desistí en cuanto comprendí el sinsentido. Ninguna arista me iba a llevar hasta allí. Sin embargo, la luz es la referencia, nunca hay que perderla de vista.



Sorteando columnas y desniveles fui avanzando hacia no se sabe donde, pero decidido a no permanecer parado. Conforme caminaba entre pensamientos, el magnetismo de la tierra marcaba mi norte y mis pasos lo seguían como si de una brújula se tratase. Fui así sorteando el centro de la tierra por galerias, salas y chimeneas, y a cada paso que daba una maravilla asombraba mi intelecto. El tránsito se hizo así de agradable en un tiempo que no se si corría o se abstraía. De repente, mis pasos pararon y mi último asombro fue descubrir que mi perseverancia me llevo a la salida de la cueva, aquel agujerito que siempre me resultó inalcanzable, se abría al exterior ante mi. Corrí apresurado hacia la luz y con mis brazos en angulo recto, saludé a la vida con los ojos cerrados. Bosque. Trinos. Luz.

'Al fin y al cabo, el viejo tenía razón:
Vivimos en un mundo en el que nadie escucha'

Bajaba corriendo a tumba abierta, a trompicones. Yo no hacía más que bajar. No podría decir cómo, pero a trompicones con una velocidad atropellada, bajaba y bajaba entre laderas florecidas hacia la espesura del bosque. Así, se puede amar la vida, como cuando corres en busca de la persona amada para que te balancee en sus abrazos. La vida es un beso de luz fiel.



Y el túpido robledal al que llegué me recibió con el alboroto que procura la vida del bosque. Un barullo de murmuros, rumores y conversaciones simultáneas acompasaban el golpetazo que me dieron en el hombro derecho, aún dolorido.
- Chiquillo, que te has quedado dormido o qué? Que tu voto decide.
Yo con una hoja de roble en la mano y la mirada perdida en mis pensamientos, recordé lo que Pepe decía de ese rincón, y tal como lo recordé lo espeté ante los vecinos:
- Sólo le falta la cama

Y es que en el Corralón de Romerales se estaba celebrando una asamblea para decidir si se destruía un rincón que había sido el alma del patio por la sombra del roble que lo presidía, con un pozo encalado a sus pies, engalanado de preciosas macetas de flores. Los vecinos estupefactos por mi intervención me miraban aún extrañados por lo que había dicho de la cama, hasta que el presidente, que era quien promovía el punto del orden del día me espetó:
- ¿Qué has dicho?
- Lo que habéis oído, bajo este roble de medio siglo ha habido muchos amoríos visibles e invisibles, muchas charlas de vecinos y juegos de nuestros niños. Muchos os habéis surtido de lombrices para la pesca. Apoyados en ese pozo hemos cantado y bailado a la alegría, juntos y separados. Nos hemos refugiado en su sombra y protegido de las lluvias. No sé puede decir ahora que el árbol ha crecido mucho y que el trinar de los pájaros ya resulta molesto. Es hipócrita decir que ocupa mucho espacio que podía utilizarse para que los niños jueguen, cuando antes habéis prohibido jugar a pelota, circular en bicicleta y hasta correr. Creo que se debe conservar ese espacio para el disfrute de todos. Justo como hasta ahora.

Y mientras los vecinos daban palmas de alegría una lágrima escapaba de mí hasta estrellarse contra el suelo. 




A Pepe Papandola, el hombre que plantó el roble para comer bellotas