martes, 6 de junio de 2017

Cementerio de Ciriego, Santander


La llegada al embarcadero fue un acontecimiento. A bordo de una barcaza con motor diésel llegamos a nuestro destino fúnebre. Las agujas del reloj proseguían su rítmico caminar cuando la proa se alineó a las dársenas.

Solo unas decenas de horas habían pasado desde aquel cruce de caminos. Ahora sospecho que nuestros pasos se cruzaron por otros motivos diferentes al itinerario. Un suspiro de cuatro días es coger mucho aire. El vino, los pintxos y un paseo por la ciudad quemada fueron suficiente para entroncar los pasos hacia la última morada de los hombres. Todo un mensaje ritual. Cada cual por sus motivos.


Juntos, como dos desconocidos cogidos de la mano frente al Monumento a la Libertad, monolito honorifico a hombres y mujeres que murieron en la conquista de la Libertad y por la Revolución Social. Allí donde el silencio grita, nosotros callamos. En mi mente la preocupación por los parientes de CNT-FAI que habían fusilado allí y que no estaban en las listas. Mientras, ella se relamía mirándome.

Contábamos nuestra despedida en fragmentos de espacio. El paseo nocturno por el Parque de La Marga resultó la despedida más racional. Luego me marché, aunque la que levó anclas fue ella.


A Nazareth, la marinera que me mostró el romanticismo de las Casas del Mar




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