sábado, 14 de enero de 2017

Huertos okupados en terrenos del Ministerio de Fomento

Durante una salida dominguera por los Montes de Málaga, fuimos testigos de las nuevas soluciones adoptadas por personas mayores, de ámbito rural, pero habitantes de la urbe. Las necesidades de este grupo de edad, que sobrepasa con creces la edad de jubilación, con una actividad decreciente, pero con iniciativa e inquietudes impropias de su edad, de sus recursos y sus capacidades, les han hecho dar su paso adelante y buscar soluciones a sus situaciones personales, dentro de las circunstancias especiales de precariedad de pensiones y crisis económica.

Nos comentaban dos septuagenarios bien curtidos, uno con azada en mano y otro con dos garrafas de agua para regar, que la situación les ha obligado a buscar unos terrenos accesibles, relativamente cercanos para acceder andando, y en terrenos públicos. Lo hacen no solo para tener un espacio donde plantar, sino para ocupar un tiempo que les pesa como una losa por su inactividad.


Durante sus paseos diarios por los montes, entre chácharas y chistes, con desfases típicos de la edad, ponderando las diferentes posibilidades y las dificultades de cada uno de los emplazamientos, pusieron su vista en un objetivo claro. Ambos ríen entre ellos porque calzan unas gafas que también han quedado desfasadas, mientras nos confiesan que eso lo han hecho toda la vida, incluso en las tierras de los señoritos.


Eso que durante toda la vida han hecho a escondidas es trabajar tierras ajenas para recoger ellos mismos el beneficio de su trabajo, ya que nunca pudieron acceder a trabajar por su cuenta. Eso sí, son sabedores del quehacer agrario, con una alquimia mágica, que mezcla rituales ancestrales, con nociones de astronomía, inventiva y un arduo trabajo. Saben lo que plantar cada temporada pues durante su vida, lo han hecho para otros. Y constancia, mucha constancia, pues el ciclo de la tierra tiene unas labores que no se pueden descuidar.


Así que saltando la autopista por debajo, mediante un túnel se accede a una zona de matorral y de árboles salteados, sobre todo pinos y algarrobos. Por la ladera que hace de talud a la autopista han escalonado el terreno irregularmente, para poder subir con más facilidad, pero sin que se note en exceso el senderillo. Mientras comentaban su obra como dos ingenieros de caminos, fuimos testigos de lo que es la obra civil adaptada al medio y al uso preciso, con un acabado bien conjuntado con el paisaje como si de una torrentera se tratase.



Al otro lado de la ladera se nos abría a los ojos un paisaje inquietante. Un almacén al aire libre de módulos de piedra para hacer medianas de carretera. De todos los tamaños, alineadas, algunas de plástico coloreadas en rojo y blanco, lineando el campo. A primera vista parecían abandonadas, pues las hierbas se las estaban engullendo, y el almacén estaba cerrado separándolo de la carretera por vallas para evitar que la fauna invada el asfalto y quitamiedos.



Bajando hacia la vaguada surge un algarrobo que hace de estandarte, ya que de él cuelgan bolsas de plástico, botellas de agua, un bastoncillo artesano, gorrilas, una rebeca, maderas atravesadas y unos cuantos cachibaches más. A partir de él, y con una extensión prudente, aparece un huerto de habas reinas, con los plantones muy sanos y en flor. Los abuelos aparecen orgullosos tocando aquí y allá, y hablando de las plantas como si fuesen hijos.



Rapidamente nos explicaron su filosofía. Fueron muy parcos, pero muy claros. Nos pasaron una herramienta para cavar la tierra, así pudimos arar un pedacito de terreno. Estuvieron hablando de las pocas dotes de trabajo y formalidad de la juventud en general, y la torpeza de los urbanitas. Nos dieron un buen rapapolvos generacional, pero cada comentario aparecía como un aprendizaje vital. Ahora tocaba el agua. La falta de agua en esta región es un como un halotipo genético para estas personas. Todos los días andan preocupados e informándose de la climatología. Tienen sus 'partes' del tiempo favoritos, por la concreción con la región, por la persona encargada de explicarlo, lo disfrutan y usan esa información. La comentan entre ellos, hacen sus propias previsiones y constatan sus conclusiones. Toda una lección de aprendizaje práctico.



También tenían una fresquera entre piedras con las sobras de comida y bebida de días anteriores, y una pequeña radio a pilas. Cuando llega la hora del descanso, se sientan en una tabla dispuesta a la sombra del algarrobo. Ellos le llaman entre risas, el banco de la paciencia, porque pasan mucho tiempo contemplativo en él, hablando en su yo interno sobre sus cosas, atentos a detalles que se nos escapan a los demás, siempre dispuestos a la faena.
Desde ese banco, irradian serenidad.


Cuanto más atención prestábamos a sus historias, más confianza nos prestaban. Nos sorprendieron al final de la mañana con un nuevo descubrimiento. Para tiempos más cálidos habían adecuado los bajos de varios árboles como una cabañita oculta, donde reposaban unas telas y toallas dispuestas para acostarse, resguardándose del sol y dormir la siesta. Estaba totalmente camuflado y la entrada era a traves de unos ramajes bajos que se apartaban. Dentro se abría una estancia amplia, suficientemente alta y abovedada por las ramas de los árboles.



Nos comprometimos a acercarles garrafas de agua desde la carretera, pues se pueden dejar muy a la mano cantidades de agua que suponen el mayor esfuerzo que hacen en este momento. Nos despedimos de ellos con la sensación de haber pasado una mañana muy constructiva, y admirando la plasticidad que tienen nuestros mayores para adaptarse a las corrientes actuales, sin perder su norte.


La palabra es lo más grande que tiene un hombre, dijo uno de ellos. Al atardecer acercamos diez garrafas de cinco litros que les irá muy bien.