domingo, 11 de febrero de 2018

Lûdek Laburda

'Te pones como una canasta...
...con una pelota de gusto'


Esta mañana me he desperezado del tosco invierno con los caloríficos rayos de sol de febrero y la música de Bedrich Smetana. Me ha costado acabar con el café, pues sin quererlo del todo iba a hacer un descubrimiento. Corrí a mi biblioteca en busca del sobre acolchado que vino de vuelta, retornado por no haber encontrado a su destinatario en casa. Nunca llegué a abrirlo, sin duda por no encontrarme la mala noticia que auguraba ese Ausente, con su cuadrícula destacada con un borrón rotulado en negro. Me asombró siempre de lo que es capaz la metasustancia, esa resina etérea que se nos pega de nuestras interacciones con familia, amigos y personas desconocidas. Cuanto mayor afinidad emocional más adherida se nos presenta. No huele, no sabe y de tiempos huye, pero es puntual y fría como la muerte.


A mí se me presentó en casa de Lûdek, militar checo jubilado, de profesión ingeniero sin adjetivos, con estudios superiores en la Vecernî Universitá Marxismu Leninismu, y unido al contraespionaje en el periodo de la guerra fría. Hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de militares, me contaba que su apellido era franco y que un antepasado suyo, enrolado en los ejércitos de Napoleón, desertó del glorioso ejército una vez perdidas las posiciones en aquella indómita tundra rusa. Vagando por la retaguardia llegó a un poblado más allá de los Montes Cárpatos, y se enamoró de la que sería su trastatarabuela en Checoslovaquía.


Lejos de amar esa profesión, decía que era vocacional por las experiencias militares en su casa, y decía haber vivido toda la vida en guerra, y que sólo ahora, con noventa años cumplidos era libre. Mirarle a los ojos con toda esa determinación y casi en posición de firmes hacía creérselo. En uno de mis viajes a Brno, tras una correosa noche, recuerdo que entré a una polvorienta tienda de libros de segunda mano. Andaba buscando planchas de caucho y otros materiales para estampar, y ya entrenado en los quehaceres comerciales, le pedí al señor que la regentaba si podría tener algún ejemplar sobre las invasiones napoleónicas en el este de Europa. El señor librero, con sus pelos enervados como alambres, levantó el brazo de golpe, hacia arriba, y sermoneaba en lengua vernácula lo suculento de la venta, a la vista de la edición que traía. A mí me gustó como me lo vendió, porque lo escondió mientras me decía algo que no entendí. Él comprendía mi posición de turista, y con un gesto, me lo presentó abierto por una página con un listado de nombres en el que aparecía Laburdaux. Oh la là, dijo sonriendo. Yo, librero de vocación, miré el año de edición, comprobé el indice, y dí un repaso por las ilustraciones. Estaba bien maquetado, y la presentación lejos de ser una edición de lujo como pretendía aquel comerciante de letras escritas, se limitaba a un cartoné soviético, vasto y práctico. No recuerdo el título ni el autor, recuerdo que pedí al librero un crayon para dedicar el libro y el comprendió que me lo llevaba. Había visto una etiqueta adhesiva en la contraportada con el precio 16 Kc y una inscripción relativa a lo que podía ser una fecha de adquisición 1/88, pero yo le pagué el valor del oportunismo.


A Lûdek Laburda le interesó muchísimo, también fue rápidamente a coger sus gafas de leer, encoladas ambas patillas en colores diferentes, y las situó en un surco sobre el cartilago de su nariz mientras no paraba de rumorear. Lo veía tan vivo, tan nonagenario, que mientras él ponía los discos de pizarra de los renombrados clásicos checoslovacos, yo le limpiaba la casa. En esa ocasión le toqué la fibra y empezó a enseñarme archivos de su familia que denunciaban a gritos que iban a perderse. Eran partidas de nacimiento, documentos de escuelas y universidades, títulos militares, insignias y medallas. Advertía en sus gestos un temor continuo a que se perdiesen y por eso, utilizaba movimientos pulcros, ante la desconfianza en cuanto cogía un documento u objeto para explorarlo. Ni se me ocurrió decirle que me encanta la archivística, y que conmigo esos papeles estarían al resguardo de las inclemencias. Se le adivinaba en su proceder que mientras él no estuviese muerto, esos papeles estarían consigo. En mi dedicatoria nombraba a las madres, y presentaba a la Historia como nuestra madre. Y le observé varias veces releyéndola, como si aún no alcanzase al mensaje, sabiendo que estaba en el camino.


A Smetana me lo presentó ese día, como un compositor con una orientación nacionalista de la música, encuadrada a finales del s. XIX. Me pidió ayuda para acceder a todos los discos que tenía en la vitrina del salón. Allí se acumulaban colecciones de pizarra, vinilo, videocassetes, y compact-disc de los grandes clásicos. Le gustaba poner la música alta, entre los retratos de militares de todos los rangos colgados de sus paredes. Y entonces me sacó una colección de cajas, bien documentadas e ilustradas de los grandes compositores. Buscó a Bedrich Smetana y empezó a hablarme de él, como sus poemas representan los aspectos del paisaje rural, la historia o las leyendas de Bohemia. Buscó unos álbumes y empezó a enseñarme fotos antiguas. Iba poniendo canciones de diferentes discos, y explicando anécdotas. Hasta que llegó a 'Má Vlast' y me enseñó un juego de café de porcelana decorada ilustrando las seis escenas. Una joya del barroco germánico. Su casa era un archivador desordenado, de libros, objetos y discos empolvados. A esa edad, a él le daba igual que alguien interesado viese sus miserias. A mi me dejó entrar en su hogar por una escena desagradable en un parque, el Leténské Sady. 


Un grandioso búlgaro, muy vasto en sus formas, empezó a incómodar a los visitantes y oriundos. Yo estaba en unos cipreses que daban sombra a un banco. Sentado no había nadie, pero al extremo del banco se hallaba un anciano corcovado que parecía muy frágil. Yo andaba haciendo fotos cuando vi al búlgaro increpar al abuelo. Me posicioné entre ambos como si conociese a aquel hombre y el búlgaro siguió allí, balbuceando un idioma que no parecía entender nadie. Creo que iba bebido. Arremetió de nuevo contra el viejo, que lejos de irse de allí, defendía su posición con la valentía de un militar aguerrido. Yo de nuevo me posicioné del lado del hombrecillo, y lejos de desistir, el búlgaro empezó a dejar las cosas en el banco alzando la voz conforme lo hacía. El anciano, ahora sí, me cogió el brazo en pánico, prejuzgando que se iba a liar. Yo, le ofrecí un cigarro al búlgaro y la llama para encenderlo, y le pregunté desafiante: ¿Qué? Y él siguió con su retahíla, hasta que se tumbó en el banco, cansado de sus desgracias. El anciano hombre resultó ser Lûdek Laburda, y me ofreció en agradecimiento invitarme a unas cervezas en el Café Stalin del Metrónomu, a unos pasos de allí. Nos contamos nuestras vidas, a sabiendas que el interlocutor no alcanzaba a los detalles. Y tan tarde se nos hizo, que me invitó a dormir en su casa de Michelska. Yo accedí, tan contento por la sabrosa cerveza pilzen y por tan sugestivo barrio. Dejé la bicicleta anclada en Leténské Sady, algo que sólo haría un turista.



La llegada a su casa fue traqueteante, tuvimos que coger una combinación de autobuses y tranvías que abonó con su tarjeta de nonagenario. Durante esos transbordos, corría como un adolescente, cogiéndome de la mano para no perder el tranvía que tenía que partir. Bien entrada la madrugada era, cuando Lûdek abrió con una tarjeta magnética, el portal de un bloque opresivo de cemento pintado con ventanas. El ascensor nos sumió de nuevo en la órbita soviética, y cuando cerró la puerta acordeonada, el montacargas gris empezó a subir. Luego había otra puerta cortafuegos, antes del corredor anodino. Lo primero que vi cuando encendiste la luz fue el banquillo donde nos descalzamos. Desde el principio me fijé en la fecha 30 * IV * 72, y recuerdo que me vino la presencia de mi amigo Paco, recuerdo que le señalé la fecha a mi anfitrión y mientras él no entendía nada, yo pensaba ¿qué habría estado Paco haciendo en esa fecha? 


La cuestión entonces era que desde mi llegada a altas horas de la madrugada a casa de Lûdek hasta que me fuí, una presencia etérea me estaba comunicando la proximidad y el oportunismo. Cuando estaba haciendo la foto antes de salir, le conté de nuevo a Lûdek la bonita coincidencia, y él tampoco entendió el porqué de la foto. Hoy, documentando mi entrada de blog, he redescubierto la imagen, he mirado en las propiedades la fecha de la foto, y efectivamente, se creó el sábado 23 de Julio de 2016 a las 7:46:41. Recuerdo que en aquel momento salí sin rumbo fijo, sin advertir nada más allá de una coincidencia numérica en parte de la fecha y me adentré mediante senderos hacia Jesenice, en un bello camino que me sumergió en un sopor nostálgico, sin ganas de comer, sin ganas de hablar. Solo caminar. Y así, llegué a Cisarka Louka cansado y hambriento, nueve horas después. Allí me enteré de la noticia, cuando la tormenta arremetía como si tuviese que inundarse la tierra de pena.


Lûdek, esta mañana he acompañado el café con Jan Novotny interpretando al piano a Bedrich Smetana y sus Ceské Tance. Entre multitud de recuerdos que me acercaban a tí, he descubierto que la aciaga noche de la nutria estaba descontextualizada sin la atrayente presencia del banquillo la noche antes, justo cuando salí de tu casa.

Aún no he abierto la carta, creo que cerrada tiene más fuerza.


viernes, 9 de febrero de 2018

Herr Koch

'Leo praedae inhians,
subjedit dubius totum dum colligit iram'
Luc


Der auf den Angrif laurende Löw
Es Laurt des Waldes Heer, vom Feinde
aufgebracht
Last seine Klauen sehn, bif all sein
Zorn erwacht