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jueves, 3 de agosto de 2017

[3] Posiciones enfrentadas

'Los nombres de lugar... nos fueron legados en herencia
desde los tiempos remotos... Ellos son parte de nuestra historia...
Y nos la cuentan con más calor y realismo que otras formas de contar...
Más sólidos que las rocas, más perdurables que las construcciones,
las palabras y los nombres permanecen vivos, transmitidos de memoria en memoria.
Es necesario guardarlos preciosamente con el respeto que se presta a los recuerdos familiares más queridos'
Marcellin Berot  


Mientras permanecía al fresco, con la bóveda mediterránea completamente estrellada, se acercó mi padre por detrás. ¿Cómo estás? me preguntó mientras me ofrecía uno de los dos cigarrillos liados que blandía su mano. Yo lo cogí sin decir nada y lo encendí, buscando aún alguna respuesta en las estrellas. No quería mirar a mi padre cuando decía: No debes hacer caso a esos tres. Por un lado tienen razón, no deja de ser sospechoso que Glazezón haga de contacto justamente ahora. Pero por otro lado, no se debería juzgar a un hombre solo por sus inclinaciones sexuales.
Entonces, ¿es verdad? Glazezón es... ¿eso? pregunté preocupado. Mi padre me cogió de los hombros para que le prestara la atención debida y me dijo: No te tiene que importar lo que cada uno sea en su vida íntima, te tienen que guiar su palabra, sus hechos y su formalidad. En el pasado hubo un escándalo que lo dejó con ese sambenito. Cada vez que quieren hacerle mal, sacan esos rumores. Yo solo te puedo decir que Glazezón es para mí un buen vecino. Lo que no quita que por seguridad tengamos que hacer algunas averiguaciones.
Antonio Cano que había salido de la cueva haciendo gestos referidos al interior, dijo: Como no comencemos ya, estos exaltados nos van a buscar un lio. Y dirigiéndose a mí, bajó el tono de voz y espetó: El Glazezón y el padre del Peluso eran pretendientes de la misma mujer cuando sucedió aquello. El padre del Peluso se encargó de que los rumores volasen como la pólvora y pudo casarse con Dolores. Seguro que ella no ha podido olvidar la honestidad de Glazezón ni la mala elección que hizo. Para más desgracias, el hijo le ha salido al padre.

Los acontecimientos habían fraccionado la partida. El apoyo con reservas de mi padre y de Cano me ofrecía un respiro. Los demás no lo iban a poner fácil. Cuando entramos de nuevo a la cueva estaban diciendo de secuestrar a Glazezón para sacarle toda la verdad. Nos dispusimos en dos grupos escenificando una realidad cada vez más acentuada. Esta vez, quien cogió la palabra fue el Peluso, que apoyado en el Practicante y en el Orejas, se había hecho fuerte. A partir de ahora las cosas tienen que cambiar. No me fio de ese caricato de Glazezón. Si esta es la deriva que va a tomar la partida, quizás ahora sea el momento de unirnos a los compañeros de los Grupos de Guerrilleros de Resistencia. Y si nos vamos los tres casi que os obligamos a venir con nosotros, no creo que os podáis mantener en estas condiciones. El Peluso cogía ahora la misma argumentación que había esgrimido mi padre cuando nos convenció de mantenernos fuera de esa corriente de unión de las fuerzas de la guerrilla que tanto se parecía al frentepopulismo de entonces. Aquel día hizo un alegato de lo que le debíamos a la organización, a las siglas que concentraron la transformación de la sociedad desde sus bases, y que ahora tanto nos necesitaban para seguir manteniendo su finalidad. Sólo pidió el apoyo de un mínimo de cinco hombres y después de Antonio Cano, fue el Peluso quien secundó sus intenciones, fieles al ideario de la organización. Luego lo hicimos los demás, uno a uno hasta conformar el grupo, que creíamos cohesionado por nuestra afiliación libertaria.

Me vino entonces a la mente la lección organizativa que el Cano me estuvo dando. El grupo se mantenía sin jefes, si bien se tendía al liderazgo orgánico con personas de reconocida valía. La asamblea seguía siendo la unidad de acuerdos, con la máxima de una voz, un voto. Mi padre había ostentado cargos orgánicos varios y tenía mucho carisma entre la gente. Además de una reconocida trayectoria durante la guerra. Antonio Cano también era un hombre de carisma que nunca ostentó cargos en la organización, pero de reconocida diligencia. Era el mayor del grupo y eso le dotaba de información privilegiada entre generaciones. Era un sabueso que había vivido el devenir de la organización desde la barrera, hilando muy fino cuando debía sonsacar una verdad oculta.  El Peluso era algo más joven que mi padre y había ostentado cargos orgánicos, pero no tenía un afianzamiento político anarquista, ni sindical. Su prestigio procedía de su osadía en los tiempos bélicos. Su personaje se definía más por hombre de acción que por militante. El Orejas y yo teníamos la misma edad, no teníamos recorrido político y estábamos en la partida huyendo de los delitos de auxilio al bandolerismo y enlace con la guerrilla. Recuerdo la intriga que presentó Antonio Cano respecto al Practicante, quién según contaba, había estado en el equipo de transfusiones médicas del Dr. Bethune durante la huida de la carretera de Málaga a Almería. El Cano no le veía manos de practicante y en más de una ocasión le catalogó despectivamente de lumpenproletariat. Luego lo relacionó con Anaya Arroyo y Rivero Vera según le había contado el susodicho, pero no tenía una procedencia definida más que el presidio, cosa que no gustaba al desconfiado Antonio.

Mi padre tardó en hablar, buscando siempre las palabras adecuadas. Arrinconado por el jaque mate del Peluso dijo: ¿Qué queréis? A lo que aquel contestó: La contraseña. El Cano saltó enfurecido, y entre una jerga entremezclada con groseras expresiones que dedicó al grupo del Practicante, se dirigió a mí diciendo: ¡Jamás! En nuestro grupo la contraseña es por cuestiones de seguridad del enlace. Sólo él puede transmitirla si así es necesario. Que se marchen con los aglomeradores si ese es su deseo. Mi padre sabía que la supervivencia con tres individuos era prácticamente un imposible, pues las batidas no dejaban tiempo al descanso. Y añadió: ¿Y si no os la facilitamos?. Partimos hacia la comarca antequerana, contestó afilando el cuchillo con un asperón. ¿Los tres?. Sí, contestaron al unísono el Orejas y el Practicante. Mi padre, tras repasarse las barbas con la mano varias veces le ofreció al Peluso una alternativa. Si mi hijo nos dice la contraseña, ¿bajamos tu y yo a entrevistar al Glazezón? Hecho, dijo el Peluso. 

Cuando mi padre se giraba hacia mí se encontró con mi oposición. Yo tengo que bajar de una forma u otra. Soy el enlace. Me niego a desvelar la contraseña. La tensión se palpaba en el ambiente y fue el oportunismo de Cano quien desbloqueó la situación dando cuentas de la opción más lógica: Si seguimos los planes tal como se nos han indicado, podéis acudir al encuentro tú y el Orejas, que sois jóvenes y fuertes para la carga. Siguiendo con nuestra táctica, el siguiente concéntrico lo formaríais vosotros, dirigiéndose a mi padre y al Peluso, que entrevistareis al objetivo, y en la retaguardia os esperamos el Practicante y yo, y agarró del hombro al que iba a ser su acompañante y le sonrió falsamente, haciendo ver a los demás que lo iba a atar en corto. Así un integrante de cada bando irá en cada fase de la operación. ¿Que os parece? Nadie se pronunció en contra, pues la salida parecía a medida de cada cual. Y así quedó establecido.

Con el acuerdo en el ambiente y casi con el alba asomando por los picos de la sierra, nos tumbamos para descansar. Hasta para dormir estábamos dispuestos en dos grupos diferenciados. Mi padre me dijo: Cuéntanos de nuevo el pasaje cuando nombra a tu abuelo. Sabía que ese detalle no podía estar ahí puesto al azar, pero no alcanzaba a vislumbrar una relación que aclarara algo. Cuando acabé de contarlo, todos estaban atentos al relato, y mi padre remató pensante: ¡Hay una nueva vía! Los documentos no provienen de Clavajar y Menorte, ambos en nuestra onda de información. Quien se los haya pasado a Glazezón nos conoce a ambos en confianza. Glazezón nunca daría estos pasos en la ilegalidad si no fuese por un pariente... o por un amigo. Nunca se acercaría a nosotros como lo ha hecho pues no existe camaradería, ni con él ni con ningún miembro de su familia. Mi padre se reincorporó echando mano al zurrón en el que guardaba 'la herramienta', miró el cilindro de cartón que sacó de él y dirigiéndose a mí añadió: Salvo con el abuelo... El Peluso tumbado en la penumbra chilló: ¡¡Tonterias!! ese desdichado solo conoce a tu padre de cuando eran muchachos. Luego la política los separó y cada uno fue por el arroyo de su conveniencia. Hace mucho que tu padre lo defenestró por su poca hombría. Y riéndose como un raposo, se giró, llevándose consigo la mantilla para abrazar el sueño contra el suelo.




La vuelta al tema del día nos hizo callar a todos de nuevo para navegar cada uno en sus pensamientos. Antonio Cano dijo con una humildad expresa que él secundaba la teoría de mi padre, como para socavar los reproches del Peluso, y se entregiró mirándonos a los ojos, para hacernos una seña sobre los otros dos. Ninguno dijo nada, el Orejas dormía a pierna suelta, y el Practicante miraba el cielo estrellado con los ojos bien abiertos sin moverse. Yo sin pronunciarme, me sentía arropado entre la posición de mi padre y de Cano. No me gustaba aquella dependencia sutil, parecía hacerme inferior en valía a los demás mientras se me demandaba un nivel de exigencia superior. A veces parecía que ambos se ponían de acuerdo para llevarme a su terreno, para que no pareciese que mi decisión ya estaba tomada de antemano. Me giré hacia ellos, molesto por estos pensamientos cuando vislumbre un gesto que me llamó poderosamente la atención. El Cano apretaba el antebrazo izquierdo de mi padre, como para decir algo sin palabras. Y lo apretó fuertemente al menos en dos ocasiones. Él no hablaba, acostado sobre su brazo derecho, parecía morir para no soltar una mueca que delatara sus pensamientos. 

Enseguida me vino a la mente la figura de mi abuelo enfermo. Las palabras de Glazezón me parecían ahora dulces rellenos de desgracia. Todo encajaba en la peor de las sospechas. Primero alabó al que dijo ser su gran amigo, al que por edad y nacimiento conocía desde chiquillo. Se habían criado corriendo juntos por esos manchones secos de La Moheda hasta que el trabajo los separó. Luego me acordé de nuevo de los besos y las carantoñas hacia mí. Sin duda, asumía el rol de mi abuelo para expresarme mi valía. Así lo sentí yo. Como alguien que me valoraba por mí mismo, sin la figura de mi padre haciéndome sombras. Luego se arrogó con determinación la figura de enlace -como un último favor- si salió de él, o -como un último deseo- si se lo pidieron. Mi abuelo volvió enfermo del campo de trabajo en el que pagó su condena. Sus continuas pulmonías mal curadas, le hacían padecer de neumonías febriles que lo postergaban en la cama cada vez más tiempo. Las últimas noticias eran relacionadas con el asma, y se estaba deteriorando física y mentalmente. Yo no quería pensar en esa posibilidad, pero parecía que la madurez llamaba a mi puerta presentándome todos los detalles para demostrar lo contrario.

Volvió de la capital al terreno que lo vio nacer y crecer, con mi hermana y conmigo, no se si para morir allí o para estar cerca de la sierra a la que se incorporó su hijo tras la derrota. En lo poco que estuvieron de acuerdo padre e hijo en toda su vida, fue en la decisión de no marchar hacia Antequera hasta que no fuese necesario. Mi padre habitó aquí en el terreno hasta que se ennovió en la ciudad. Lo cierto es que ahora comprendo el grado con que nos hizo amar esta tierra porque reconozco toda la toponimia y la topografía de la zona sin haber vivido aquí. Y así fue como -ya con el sol iluminando los campos- caí convencido por el cansancio, no sin una extraña mezcla de tristeza, por los indicios que pendulaban sobre la muerte de mi abuelo, y de felicidad, por hallarme en un lugar familiar.


A los abuelos y abuelas que pudieron conocer a sus nietos
y a quienes no pudieron hacerlo

domingo, 23 de julio de 2017

[2] La herramienta

'Anónimo, luchador,
nunca tendrán, las armas la razón,
pero cuando se aprende, a llorar por algo,
también se aprende, a defenderlo'
Barricada


El camino de vuelta transcurrió en calma. Tal como había supuesto Glazezón, la guardia civil hizo acto de presencia con dos vehículos cargados que subían a toda prisa hacia las colinas de Puertollano. Yo los divisaba desde el frente en todo su recorrido. Pude verlos entrar por el carril de la Presa del Agujero y como serpenteaban a toda velocidad sus curvas por el camino real de la torre. Uno de los furgones paró a la altura de la Garganta del Lobo y el otro siguió levantando polvo en su precipitada marcha hacia arriba. Ahora veía el tablero desde las alturas del otro lado del cauce y veía la gran jugada de Glazezón. Mientras los arrastraba tras él por el arroyo del Pintado hacia Málaga, yo salía fuera del alcance de la batida, que iba desde Arroyo Barranco donde habían detenido a Clavajar y Menorte hasta donde lograsen alcanzarle a él. Todo en la otra ladera. Cada vez tenía más clara la lucidez de este hombre. Por otro lado, exhausto por la precipitada ascensión, pensaba preocupado que tantas fuerzas no se mueven en balde. 

Repasando todo lo que me había contado, me resonaba el término herramienta de tal forma, que pensaba que se me olvidaría todo lo demás. Intenté dividir mentalmente la información, la relativa a lo sucedido, los vaivenes organizativos del sindicato, la unificación de la guerrilla, la quebrada esperanza en una intervención internacional tras la victoria aliada y por último, la nueva situación con los enlaces detenidos y el misterioso contenido del bulto que llevaba a mis espaldas. La comida había perdido mi interés. Ahora me excitaba saber si lo que llevaba a cuestas era un arma. Estuve varias veces tentado de abrirlo.


También me sobrevino una y otra vez la cálida acogida de Glazezón. Los abrazos y besos con los que me recibió me resultaron excesivos para no habernos tratado. Me habló de mi abuelo como si él lo conociese muy bien. Me sentí muy reconfortado por su actitud y sus palabras de aprecio. Junto al enorme deseo de descubrir el contenido del paquete me retumbaban las advertencias: Mira, este bulto tiene que llegar intacto allá donde estáis, tal y como yo te lo entrego. Hazlo por tu abuelo...

Tomé la última referencia de lo que ocurría en la ladera de Puertollano antes de meterme al abrigo de los pinares para seguir hacia el Cerro de Mallén por el arroyo de las Moratas y Jotrón. Habían comenzado la batida. Unos desde arriba, y otros desde abajo. No conseguía localizar a ninguno de los arrieros, pero dí por hecho que las sueltas iban a ser localizadas. Seguí presuroso mi camino. El sol estaba en su plenitud y la sombra del pinar me supuso un descanso sin parar mi marcha. Ahora andaba imaginando la herramienta rondando por el interior del paquete, compartiendo espacios con la comida y las medicinas. La supuse envuelta en un paño para no dañar los envases de penicilina. El bulto iba bien compactado.

El camino no se me hizo difícil hasta la llegada a Jotrón. Allí el paso a Pocopán y Chaperas estaba muy transitado. Tuve que esperar a que pasasen las gentes que andaban en sus faenas diarias para que no me viesen. Allí sentado, con el bulto a mis pies, y tentado de abrirlo como nunca antes me había tentado nada, observé la buena preparación del paquete, listo para ser soltado en cualquier imprevisto sin que se abra. Una buena tela en tonos verdes y pardos, ensogada a una cuerda de grosor mediano que es la que compacta el paquete y que puede usarse para su transporte en bandolera. Las telas van cerradas en nudos independientes para las sueltas, siendo la tela exterior la que cierra el paquete con un nudo característico del tamaño de una palma para llevarlo cómodamente sobre los hombros alternando las dos manos. Ahora me preguntaba, ¿quién dedicaba todo su esmero en hacer estos paquetes? Estaba asombrado por el nivel de perfeccionamiento. Cuanta carga perdida por el camino para saber cómo hacer un paquete que llegue a nuestras manos ante todos los avatares posibles y que llegue con esta firmeza. Poco a poco, sin querer, renunciaba a la idea de abrir el bulto.

Cuando alcancé la bifurcación hacia Cerro Mallén ya era media tarde. Hacia el norte se divisaba ya la Majada del Rayo, donde se localizaba la cortijada. A medio camino del cerro se encontraba el Peñón del Fraile, una roca saliente con muy buenas vistas de las dos laderas de Mallén, la de Colmenar y el Tajo de Hornillos, y la cara contraria a Casabermeja y el cauce del Guadalmedina. Además estaba a escasas tres horas de carga de la Torre por el arroyo de Hornillos, uno de nuestros puntos de supervisión. A buen ritmo, podía estar en el primer punto convenido al anochecer. Y continué la marcha deseando llegar, con la serenidad que proporciona haber cumplido el objetivo.

Llegué con el ocaso del sol, por el lado del chaparral, al abrigo de las miradas. Ululé varias veces mientras me acercaba tranquilo. Nuestro mayor peligro eran los encuentros. Ululé hasta que una piedra cayó cerca de mí, indicándome el sitio donde debía esperar con la carga. Se oyeron hasta cinco ululos más, salpicados por minutos en posiciones circundantes, advirtiendo que cada puesto estaba en calma. Poco a poco fueron llegando los cinco, Pedro Jimenez García 'el Peluso', Salvador Fernandez Campoy 'el Practicante', Antonio Cano Ortiz, mi padre del que no desvelaré por el momento el nombre y Luis Frias Ramos 'el Orejas'. Todos me saludaron efusivamente menos mi padre, que miraba con autoridad el bulto que yacía en el suelo. Antonio Cano se agachó a cogerlo y tras mirar los nudos dijo: está intacto, mientras sopesaba su contenido. Ahora mi padre se me acercó y me dijo: Dame un abrazo, y nos fundimos en un abrazo de orgullo. Yo conté atropelladamente todo, como llegué, lo que ocurrió, como salí, lo que me contó Glazezón. Mi padre miró al Peluso que, con una mirada atravesada le dio la espalda recriminándole algo, mientras se ponía a andar a la voz de en marcha. Salimos de allí al abrigo de las sombras, y cuando miré a mi padre a la cara, vi las sombras en sus ojos.

Como si de un ritual se tratara, el Practicante cortó la cuerda por un sitio concreto para tener el mayor largo de cuerda posible y repartió los bultos entre todos para que fuesen abriéndolos. Recogió la tela bien doblada, puso a buen recaudo las escasas medicinas, y antes de repartir las hogazas de pan con chacina le pasó un cilindro de cartón a mi padre. A mí me dio ración doble, y me dijo pocos son los que aguantan sin abrir el bulto. Yo miraba los bultos en busca del arma, extrañado por su ausencia. Cuando me acercaban la bota de vino, mi padre se opuso a que bebiésemos diciendo vamos a llenar el buche que ya habrá tiempo de celebrar cuando acabemos de hablar. Se sentó a mi lado, apoyando las espaldas sobre las paredes de la cueva y cortando un tajo de tocino me dijo come tranquilo que ahora nos contarás con mucha calma toda la historia otra vez. Luego iremos preguntando cada uno lo que nos interese para que precises más la información. No se trata de contar una historia que nos alabe, se trata de interpretar lo que ha pasado y en que nos influye. Miró de nuevo al Peluso para hacer más consensuada su decisión, que ahora se apoyaba en el Orejas para hacer más sólido el rechazo.

Cuando acabé de contarlo todo, rememorando todo lo que había pasado cronológicamente, se produjo un murmullo de dudas, haciéndose corrillos con los episodios más polémicos. Mi padre puso en medio de la reunión el cilindro de cartón que daba evidencias de ser papel para distraer el protagonismo negativo dado a Glazezón en el corrillo. Comentó que la mejor forma de concentrarse es ir por partes. Aclararemos primero qué es la herramienta, y luego vemos lo sucedido en el encuentro. Miró uno por uno a todos los hombres que iban asintiendo en sus turnos. Nadie objeto nada, pero el Peluso mantuvo una mirada de amenaza latente.

El interior del cilindro estaba relleno por unas cuartillas clasificadas. Lo que más nos llamó la atención fue el tampón del Comité Nacional de la CNT lo que provocó mucha más expectación en el grupo. Se trataba de asuntos orgánicos. Ese simple tampón tintado ofrecía más esperanzas de las que hasta ahora habíamos tenido, pues nos batíamos en una franja de terreno más o menos extensa, sin conexión exterior, sin apoyo de la organización y con rumores que nunca se podían confirmar. Estábamos aislados en el monte, resistiendo solo para subsistir. Las esperanzas se iban agotando con las noticias que llegaban. Hambre, muertes, presidios, exilio, delaciones. Continuábamos, por la inercia que deja la dignidad en las personas que no quieren perderla. Nada más.


Son instrucciones de claves del Comité Nacional encuadernadas en cartulina y pinzados de plomo. El documento no está datado y contiene instrucciones generales para su uso, breve orientación del sistema de claves, listado de claves organizados en 6 secciones: Ambiente General, Ambiente Propio, Defensa, Guerrilleros, Organización y Varios. En tinta roja como tiene que leerse, en tinta violeta como tiene que escribirse. Mi padre no daba crédito, parecía un intento de reorganización de los comités clandestinos. Enseguida entró a funcionar en modo orgánico, como si una parte de él hubiese vivido para eso. Pasó el documento al Peluso mientras cogía una carta abierta de un tal Rey (el nombre no era muy legible) sin destinatario y sin fecha. Trataba de experiencias carcelarias y de orgánica. Sobre un pleno al que Málaga no acude y se pide explicaciones. Leyó en voz alta mirando al grupo: Pregunta por Ardila. Y se hizo un silencio. Parece ser una carta entregada en mano mediante intermediario, ya que en el reverso del sobre se lee la inscripción: 'El compañero portador de la presente es de absoluta confianza, conocido además de R. y de S.'. Dentro del sobre dos papelillos de fumar con lo que parecían lugares de apoyo y contraseñas.
Uno dice: 'Venía a ver si tenía harina' Dolores Martín. Luciano Martinez, 3  Málaga
Y el otro: 'Quiero pagar lo pedido a cuenta' Ultramarinos Faustino. Calle Mármoles, 14 Málaga

El corrillo del Peluso y el Orejas, acogía ya al Practicante también, que abrazaba la teoría del delator como la salida más segura a sus intenciones. El Peluso arremetía contra el Glazezón con una inusitada violencia verbal, y lo presentaba como el culpable de la caída de Clavajar y Menorte, para quitarlos de en medio. Aludía que no se le conocía afiliación política y era de sobras conocido en las romerías de la virgen del carmen, además de otras cosas de curas. Habló de su familia como privilegiados y aunque no se les conociese adhesión al régimen tampoco se les adivinaba repulsión. En definitiva, lo presentaba como un don nadie, ignorante y beatón.

El Peluso hablaba sin parar, con un tono agresivo: Como se va a presentar de buenas a primeras a hacer de enlace cuando nadie lo ha acreditado. Preguntarle a Ardila y a los demás de los Grupos de Guerrilleros de Resistencia como les sienta lo de Menorte. Lo quitan del medio junto a Clavajar, otro de los nuestros, y nos arrejuntan a un pelele de un terreno vecino para que empiece a desmantelar al grupo. De repente, y sin saber más, el Glazezón nos trae un jeroglífico orgánico, unas promesas y direcciones de contacto, y venga... a empezar la pesca. ¿De dónde ha sacado el Glazezón esos documentos? ¿Porqué traía él la herramienta? Es que no os dais cuenta... que es una estratagema de la Comandancia. Nos ponen un anzuelo orgánico y allí van los lucios confederales a morir. Además, exigen al menos dos pescados para el próximo encuentro... para que el día de pesca les sea fructífero.

La situación era tensa, y la teoría de la delación parecía tomar fuerza en nuestra imaginación. Presentada así, podía parecer creíble. Intervine diciendo: El Glazezón dijo que Clavajar llevaba las cartas y yo la herramienta. También habló de la buena idea de Menorte de dividir la carga ante imprevistos. Parece que las cartas contienen información codificada que tendríamos que conocer antes de entrar en otros debates.

Ya veo que a tí te ha encandilado, decía con sorna el Orejas mientras me presentaba gestualmente como a un tonto enamorado. Lo viste en el río como su madre lo trajo al mundo y ahora sueñas con sus 'atributos'...y reía a carcajadas buscando el apoyo del Peluso. Antes de que mi padre pudiese decir algo, me adelanté dos pasos enfrentándome a ellos y dije muy seguro de mi mismo: Yo me refería a la grandeza de sus atributos humanos... y una sonora carcajada retumbó en la cueva arrastrando a todos a una risa hilarante. A todos menos al Cano que pensaba abstraído y a mi padre, que aguantaba el tipo con dificultad, con el entrecejo fruncido sin dejar de mirar con ira al Peluso.

El Glazezón es un invertido, que incita a jóvenes y no tan jóvenes con su descomunal aparato para que lo sodomicen. Ya ha protagonizado varios escándalos en las maragatas y las ferias, justo cuando el vino hace correr la pasión, dijo el Peluso mientras miraba a mi padre para que asintiera. Yo observé como mi padre no asintió, pero tampoco lo desdijo.

Me sentí tan dolido en mi cándida adolescencia que repliqué temerariamente: yo soy el enlace, yo soy el único que dispongo de la contraseña, y el encuentro se va a producir la próxima luna nueva. A mi me ha parecido un hombre formal, decente y me ha ofrecido una valiosa ayuda. Iré bajo mi cuenta y riesgo. No miré a mi padre en busca de una aceptación que no me iba a dar, sino desafiante, reivindicando mi madurez y mis primeros criterios. Mientras salía a tomar el aire al exterior, ya era consciente de que esa salida temperamental era inviable pues ponía en serio peligro al grupo. Fue entonces cuando me giré y dije en voz seca: La clave está en Clavajar. Y en lo que haya pasado con las cartas. Y me acerqué a un claro desde donde se podían observar las estrellas para que me ayudarán a aclarar mis percepciones.

A Clavajar Plotoril