domingo, 8 de enero de 2017

Ascensión atropellada a la Sierra Huma desde El Chorro

Los mejores deseos para el 2017 se nos fueron apareciendo como las burbujas ascendientes de un cava recién servido. No en vano, acababan las fechas de felicidad festiva, y ya tocaba diezmar los azotes adiposos y alcohólicos del consumo. Por fortuna, nadie se atrevió a pronunciar un solo deseo, ni siquiera un pequeño objetivo. Pero ahí estaban el Palomo, el Pato y la Golondrina, todos a una, con la finalidad de subir a la cima del Huma.


Lo bonito es que fue como un cuento de encuentros, o quizás, como un reencuentro de cuento, que sirvió para conocer este bello paraje y a nosotros mismos con nuestros propios límites, y con las limitaciones naturales del lugar; las piedras.

Todas llegamos tarde, unos por los madroños y otras por las escarchas de la Sierra de las Nieves, y fue por ello, que nuestra hora de salida era, de salida, intempestiva para estos menesteres. Tampoco nos preocupó en exceso no conocer la zona, ni llevar una guía o algún plano del lugar, ni tan siquiera no conocer a ciencia cierta cual era el pico al que queríamos ascender. Llevabamos comida, una linterna en el telefono y un reloj. ¡Menos mal!

Salimos tras unas inciertas preguntas en el bareto de la estación de ferrocarril del Chorro, aún sin saber donde íbamos, pero con una entereza digna de un romántico metido en una pecera. La clave era que cuando el sendero dejaba de estar señalizado habría mojones de piedra, y que debíamos pasar por un paso entre dos piedras grandes, y que nos encontraríamos como unas escaleras de lascas de piedras para subir. Nos dejamos llevar por nuestras primeras impresiones y parecía como si la gente que llenaba el bar ya hubiese vuelto de su sendero de suelo o de su via de pared, con un ambiente de desayuna con cerveza, que es lo que hicimos. El rol del reloj lo cogió el que lo llevaba desde el principio, y claro, no podíamos demorarnos más tomándonos la cerveza sentados, y es por lo que nos pusimos a andar un poco antes del mediodía.


Ascendiamos a trompicones sin saberlo por el Arroyo del Chorro, contándonos los prolegómenos entre pinares y gente, cuando nos dimos cuenta que los coches llegaban hasta bien entrada la excursión. A ninguno se nos ocurrió pensar en haber hecho ese trayecto motorizados, disfrutabamos más sudando vaporosamente tóxinas e inhalando aire poniendo la boca como cuando sacan a un pez del agua. 


Tan interesante era nuestra conversación, que el sendero de Haza del Rio terminó para nosotros en la primera intersección sin señalizar, y seguimos la senda de gran recorrido hasta la vertiente norte de la Sierra Huma, rodeando a ésta en dirección al pico de La Capilla, que era al que nos llevaban nuestros adentros. De nada nos sirvió pasar admirando la terrible pared de Sierra Huma, ni tampoco hacerle una foto al panel informativo que comienza diciendo 'teniendo como horizonte la impresionante pared de Sierra Huma, principal hito geográfico del paraje, el sendero se encamina...'. Nada. Muy seguros de nuestros recursos, seguimos a no sé que extraña fuerza interior que nos llevó a una zona embarrada que es la que nos frenó con su succión. Si vimos a los escaladores colgados de la pared y buitres disfrutando de su poder planeador. El cartel también avisaba de una colonia de buitres leonados en la Sierra Huma. La tendencia fue encaminarnos en dirección a la Sierra del Valle de Abdalajís.


Entonces apareció la señal. Así, doblada, como caída y vuelta a poner, medio desenterrada, de madera, indicándonos que debíamos volver sobre nuestros pasos. Tuvimos que discutir la idea de desechar la poderosa imagen de la cima de La Capilla con sus 1185 metros de altura, pues más de la mitad del grupo pensaba aún, que esa ilustre silueta correspondía a La Huma. También tenía su peso el hecho de que hicimos el zig-zag más cool de la historia por empezar a ascender ya, antes de la hora de comer y de coger el camino más rápido. El de las cabras. Ninguno puede dar el dato del desnivel tremendo que tuvimos que vencer el primer tramo, salvo en que los tres lo vivimos en primera persona del singular del indicativo, del subjuntivo, y del imperativo de llegar a una cima que finalmente, como tal, parecía que nunca llegaba.

La marcha previa no resultó tan inútil cuando comenzamos a ascender sobre piedra, y calentitos ya como estábamos, ascendimos sin muchas pausas. Nuestro camino a la cima resultaba ya una tortuosa salpicadura de roca caliza en todas direcciones y de diferentes dimensiones. Pese a que el suelo era impracticable, el desnivel era ahora más moderado, lo que nos ayudó en nuestro afán de llegar. El sol avisaba de la inminente llegada del apetito. 


Conforme ascendíamos apareció la hierba, ya habíamos desechado hace mucho encontrar un camino, pues desde las alturas solo se veían piedras. Buscando las laderas para subir llegamos a una zona más suave y ya empezamos a divisar siluetas artificiales. Lo peor de la ascensión había pasado pero la hora de comer se nos presentaba muy convincente. Nunca se divisaba una especie de cima, y las laderas de difuminaban conforme llegabamos a ellas.


Para nuestra sorpresa, la semiplanicie que corona la sierra Huma se nos apareció en el mejor momento. Ya veíamos el hito que marca los 1191 metros de altitud y empezamos a ver mojones de piedra. Como siempre, las vistas desde las alturas son inmejorables. A los cuatro vientos se podía admirar la belleza de los paisajes.










Tras las fotos panorámicas con la Sierra de Llana al Norte, la Sierra de Pizarra al oeste con la zona de los embalses entre ellas. También hacia el sur, con el embalse del Tajo de la Encantada hacia El Chorro, y la vertiente este por la que hemos ascendido, que se orienta hacia el Valle de Abdalajis. Tras retratar esos maravillosos instantes y ya con la tarde en marcha, nos ponemos a comer junto al buzón de las visitas. Nos dio tiempo a dejar constancia de nuestro paso por allí, satisfechos por haberlo logrado, pero con la mente puesta en ¿dónde se halla el camino de vuelta?¿cuántas horas de luz quedan?. Aún así, fue un acierto arriesgarse a explorar. Así fue como encontramos el camino real.




Lo más constructivo fue la instalación de un mojón de piedras que señala un camino correcto en el lugar donde nos desorientamos, para que quienes caminan en otra dimensión encuentren también sus propios hitos, sus propias señales.




La vuelta con el camino dibujado fue sencilla por ese hecho, si bien tuvimos que salvar mucho desnivel entre palmitos y no llegamos a encontrar las famosas escaleras. Vimos alguna variante del sendero que imaginamos puede llevar allí, pero la luz se estaba acabando. Aún nos dio tiempo a errar en alguna ocasión más, pero mientras el ocaso del sol sucedía, volvíamos enfrascados de nuevo en nuestras historias, pensando en la concurrida taberna de la estación de tren.





domingo, 16 de octubre de 2016

Pinsapo de Las Escaleretas, protector de los transeúntes



Nos contaba una tabernera de un bar de Parauta, que todo caminante debe ir a visitar este hermoso ejemplar de Pinsapo, pues cuenta la leyenda que nació en el mismo lugar donde fue enterrada una mujer de reconocido corazón, que no negó a nadie un alimento, una cura, ni un techo en el que guarecerse de las noches de la Sierra de Las Nieves. Los dos nos miramos a los ojos, acordándonos de 'el caso del mendigo sin manta' de los Maniática. Dos carrilanos consumados como nosotros debíamos ir a ese lugar y admirar el Pinsapo de Las Escaleretas, que nació de esa entrega de generosidad y solidaridad con los vagamundos.


La mejor opción para llegar sin perderse es desde el área recreativa de Los Quejigales, en el Parque Natural de Sierra de Las Nieves. Siguiendo el carril dirección a Tolox, encontramos una zona allanada para que paren los coches con un pinsapo en medio, conocida como Llano de la Laguna. Normalmente, hasta aquí está señalizado y hay algún que otro panel informativo más. Es un punto de partida ideal para excursiones de mayores y niños, teniendo escasa dificultad y pudiendo continuar, con algo más de dificultad, hasta el Pinsapo del Puntal de Mesa que es otro pinsapo de referencia.


La ruta parte por un bosque mixto de encinas, pinos y pinsapos por una senda muy entretenida por la vegetación y las rocas. Si hacemos el trayecto de manera silenciosa y contemplativa, empiezan a aparecer pajarillos insectivoros danzando a nuestro alrededor, tanto que parecen seguirnos. Empezamos a escuchar los sonidos del bosque. Las frenéticas formas de los troncos de los árboles, no sólo de los pinsapos que nos han acostumbrado a esas majestuososas siluetas, con tenebrosas posturas, sino también de los pinos halepensis.


Una buena referencia que emerge a ratos del bosque, es la cima del pico de Alcojona, que se aprecia en el horizonte mientras discurrimos por este entorno lleno de matices olorosos, frescos y serenos.


Las formas de las rocas, hasta las más diminutas, nos hacen gozar con su caprichosos moldeados, dando un halo mágico a este lugar, que entreteje material rocoso con musgos y líquenes.






Sin darnos cuenta, hemos salido del bosquecillo observando aquí y allí cosas que llaman nuestra atención. Ahora ascendemos un trecho sobre un sendero que sale a la izquierda, que nos lleva directamente al mirador del Pinsapo de Las Escaleretas. La vista del ejemplar de Abies Pinsapo desde este atril es excepcional, y no podemos evitar bajar a tocar el árbol que refiere la leyenda. Hay que tener mucha precaución de no ocasionar daño alguno en este entorno, ya que la mayor afluencia de público puede conducir a daños irreparables. Esta zona está incluida en la zona protegida de la Reserva del Parque Natural Sierra de Las Nievas.

La excursión hasta aquí no llega a los dos kilómetros, por lo que nos animamos a continuar un poco más para ver otro de los componentes más visuales del parque, el pinsapo del Puntal de la Mesa.


Dejamos atrás el íncreíble porte del pinsapo de las Escaleretas, con una altura que supera los 26 metros de altura para engarzar un sendero que sube a la izquierda y que se adentra en un bosque de pinsapos. Los hay de todas las edades, abriéndose camino a la vida, y proporcionando un futuro menos incierto para estos bosques que habitaron el Cuaternario, antes del deshielo de las glaciaciones. Llegamos a la Cuesta de las Lajas, nudo de comunicaciones que unía Rio Verde, con La Nava y Ronda, y desde donde se divisa el Valle de Rio Verde, con el pico del Torrecilla y Sierra Real vigilantes.





Tras un repecho en el camino, llegamos al Mirador del Puntal de la Mesa, lugar de donde parte el sendero hasta el pinsapo del mismo nombre, o de la Falsa Escalereta como también le llaman. Se asienta entre sabinas y con una vegetación baja que le deja todo el protagonismo en la composición.


                                     




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Volvemos al mirador y engarzamos con el recorrido circular de vuelta, no sin admirar de nuevo el Valle de Rio Verde abajo y recordando la devastación del fuego de los últimos incendios forestales.
Precaución con el fuego y salud.

sábado, 23 de julio de 2016

La noche de la nutria


Sobota, Cisarska Louka
N50º3'21'' E14º24'49''

Me he enterado esta tarde de la noticia. En cuanto he acabado de leer el mensaje, se ha puesto a llover torrencialmente, como si tuviese que inundarse la tierra de pena. Pasaba el rato en el rio Vatlava, frente a las riberas del castillo de Vyserahd. En cuanto me he sobrepuesto, rememorando tu imagen, he corrido a por el ramo de trigo que te tenía que llevar. Lo he tirado al río, pues era para ti. Lo he seguido hasta un precioso recodo fluvial, escondido bajo un impresionante sauce llorón. Allí estaban, esperando escondidas tras los zarzales, unas escalinatas de piedra mojada rodeadas de apabullantes ortigas.




Al otro lado, el tronco del sauce se erguía desde la tierra negra, majestuoso, con una pequeña raíz que asomaba al aire en forma de corazón. A sus pies, un bote de cristal, unas lágrimas y la melodía de 'rien de rien' a la que ponía letra entre sollozos. La velita anunciaba nuestra década, desde que el día de Iruña de 2006 nos conocimos en tu Málaga natal, en tu rambla de la luz. Con la vela puse las tres únicas espigas arribadas a la orilla, un huevo roto de ánade silvestre que se encontraba allí y mis mejores recuerdos.


La tormenta atraía a la nutria a su rincón de descanso. Los dos nos sorprendimos tras casi tocarnos, hasta asustarnos. La bruma empezaba a cerrarse sobre las negras aguas. Dormitaba entre dulces melodías y fuegos de artificios cuando la nutria vuelve sobre sus pasos y desaparece nuevamente. No sé cuando fue. Yo miraba hacia el agua, pensativo. Se apagó la luz y me giré para ver tu figura incandescente. Volví la vista hacia el agua y te vi caminar apresurado hacia el hades. Tus tintineantes pasos formaban ondas expansivas hacia las tinieblas, y gravitaban sin mirar atrás.



Volvía a llover y el cancerbero hacía su guardia. Tú ya te habías marchado. La bruma se balanceaba sobre las aguas. La luna no se veía, pero estaba contigo. En la isla de la Pradera Imperial, hacía noche de contrabando.

Nedele, Cisarska Louka
N50º3'21'' E14º24'49''

Cuando amaneció, el contraste con la noche era evidente. Ahora paseaban por las escalinatas cuatro crías de pato, jugueteando y corriendo a dos patas sobre el agua como si fuesen a despegar. Los ánades adultos engullían algas y pececillos mientras las crías imitaban sus movimientos, siguiéndoles allá donde fuesen.


Los roedores habían separado avidamente las espigas de sus tallos, y allá en el musgo se habían apoderado de esas valiosas semillas, desconocidas en las riberas del Vlatlava. Quedó el salvado con una impecable forma de espiga, pero extrañamente vacío. 

El graznido de una urraca que se disponía a usar el bebedero me hizo contemplar el cielo, casi despejado y que lucía un sol alumbrador. Las musarañas se asomaban y al verme correteaban hacia la maleza. Toda la vida representada en tu instante. El salto de una ranita al agua, el aleteo de la carpa, los alevines de pececillo en grupos de expedición por la orilla. La abeja que trabaja en la polinización con asombrosa habilidad. El viento que mece, las hojas que caen. Los frutos de la zarzamora insinuando sus rellenos alvéolos. Y otra vez la luz. 


Bajé de nuevo por la linde del río en busca de más espigas perdidas, y encontré una que debiste descuidar en tu marcha. Apenas llevabas de comer... La recogí y la puse en el mausoleo con el objeto de que volvieses a buscarla cuando te hiciese falta. Incorporé un nuevo tronco en forma de calavera de cachalote al grupo. Ha quedado más barroco de lo que imaginaba. Otra vez el contraste, tú tan simple, yo tan complejo. Siempre juntos, y yo tan lejos.


Nedele, Cisarska Louka
N50º3'21'' E14º24'49''

Cualquier día que merodees por las áridas tierras de Los Verdiales, asómate a esa fantástica atalaya natural que forma el chaparro centenario que se yergue frente a La Kasilla. Desde allí, desde donde contemplabas el lucero del pan antes del amanecer, cuando tu madre te llamaba para amasar:
- Paquillo, levanta...; quizás veas una tenue y temblorosa luz a orillas del río. Bajo la protectora bóveda del sauce llorón, donde anidan las torcaces y se aparean en raquíticos corazones las libélulas; allí encontrarás toda la luz que refleja mi corazón, toda la luz que tu me ofreciste.


Ninguna contradicción es inútil, ni siquiera las nuestras. Y el remanso de paz es tan mullido que entran ganas de soñar con fantasías cuyos códigos sólo conocemos nosotros. Sólo tu y yo sabemos, que el día que nos encontramos y nos palpamos como si fuésemos invidentes, no solo aleteaban las mariposas, sino que los planetas se alineaban y las estrellas se conjuraban a cada paso de tus manos, a cada tacto de mis dedos, como poseídas por el ir y venir del universo sobre nuestros cuerpos. Fue una pura conexión de auras. Fue en La Luz, a las puertas de tu casa. Siempre la luz. Las amistades más puras me surgen siempre de inciertos encuentros, y se establecen por una complicidad compartida, por la magia del instante.

'A cada paso que doy, un sombrero llama mi atención...
Ojalá fueses tú quién guiases su rumbo...'



Te agarré un 7 de julio de 2006 y me soltaste un 23 de julio de 2016...
más de una década de ratos compartidos. 
Momentos que no quiero olvidar.

En Cisarka Louka, la isla de la Pradera Imperial existe un rincón para el recuerdo.






viernes, 27 de mayo de 2016

Naciste un 27, te conocí un 28 y te fuiste un 29... a mi amigo Pepe.


En recuerdo de José Morente Cuenca
27 de Mayo de 1935, Antequera
28 de Junio de 1998, Málaga
29 de Mayo de 2015, Antequera






Pequeño y bullicioso,
hermoso desde dentro,
tienes la luz del sol volcándose en tus ojos,
esos ojos de niño.

Hoy, desde aquí,
te doy lo más nuestro,
lo que más dentro llevo,

nuestro mundo de ilusiones,
nuestra luna de cristal.





sábado, 30 de mayo de 2015

La estrella más brillante del firmamento eres tu




La última postal no sé si la leíste. En tu aniversario te agravaste esperándome, lavado y afeitado como siempre, limpio y perfumado. También me llevé el dolar de plata, mi última moneda para ti, que por fortuna aún conservo. Sólo me dio tiempo a entregarte el regalo de cumpleaños envuelto en un papel de jirafas. Tú te quejabas creyendo que eran libros. Eran nuestras fotos, las recopiladas junto a ti. En un momento dado, tras ver algunas, recostaste la cabeza sobre la almohada como cansado. Es la última vez que te vi consciente.

Dos días después, los vapores de la morfina me ofrecieron la oportunidad de estar contigo en silencio. Desde la noche anterior, tu cara reflejaba que estabas a gusto. No moviste ni un párpado, ni una mano, ni la boca. Ya no hablaste más. Yo lloraba desconsolado. Tu familia me miraba con pena. Luego salí a vagabundear por los jardines. La feria no logró llamar mi atención. Esa misma noche, sobre las once, se cortaron los últimos hilos que te unían a la vida.



De la ilusión perdida de unos niños, aparecieron dos gatitos en una mochila azul. Fue en el Parque de María Luisa en Sevilla, en plena Feria de Abril de 2005. Seguramente fue una bolsa caída de un carruaje de caballos que pasaba por allí. Su origen norteamericano no supuso un botín económico, sino dos gatos de peluche que aún descansan en tu mesita de noche y que tanto nos ayudaron a superar conflictos. Tu enseguida te identificaste con el romano, de pelaje anaranjado, y yo con el callejero de pelo gris. Los gatitos se consolidaron en nuestra vida, en una representación de nuestros aciertos y nuestros errores. Muchas veces fueron el catalizador de nuestra comunicación. No hacían falta palabras, colocando los animalitos en posición juguetona, abrazándose, sabíamos que las asperezas ya estaban limadas. Los disfrutamos mucho ambos, cada uno con sus tiempos, y cada cual a su ritmo. Espero entonces, que hayas podido ver las fotos y te hayas regocijado con esa ilusión.



Casi llego tarde a tu entierro. Ese día perdí el teléfono y cuando llamé a tu casa, me comunicaron tu ausencia. Me enteré sobre las once de la mañana, doce horas después de tu muerte. Llegamos a tiempo a la Iglesia de San Sebastián, justo detrás de la comitiva funeral. Había mucha gente y nos separamos, Paco y yo sentados al final, mi hermano y mi hermana de pie junto a la puerta. Ni el sacerdote ni la misa estuvieron a la altura del lleno a tu despedida. La salida fue tradicional, y mientras la familia salía, le iban dando los pésames. Cuando llegaron a mi altura, nadie pudo dominar el llanto y se hizo un tapón. Me abracé a Ana agradeciéndole que hubiese cuidado tan bien de ti. En ese momento comprendí tu decisión de morir junto a los tuyos. No era un desplante hacia mí, sino la determinación de morir en tu pueblo, en la casa de tus padres.



Tu salida de la iglesia me provocó un vuelco mayor que tu llegada al camposanto. Paco llegó abatido, y se sentó a lo lejos, a los pies de un panteón desde donde se divisaba la escena. Acabé de saludar a la familia y le hice una foto al momento, en la tumba de tu padre donde fuiste enterrado. A la salida, con la tristeza del adiós, tu hermana Ana se acercó a saludar a un desconsolado Paco, que acabó siendo tu amigo, con una complicidad digna de las mejores amistades. Fue el único que acudió de luto a tu entierro.



'He sido un hombre que busca y aún lo sigo siendo,
pero ya no busco en las estrellas y en los libros,
sino en las enseñanzas de mi sangre.'
Hermann Hesse